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El cuartel

 El cuartel


Anita, cada mañana, cogía su cartera de cuero con sus dos asas y se la echaba a la espalda cargada con la Enciclopedia Álvarez, con los cuadernos Rubio y con el plumier de madera.

Corrían los años sesenta, en su calle estaba el cuartel de la Guardia Civil donde la pareja de traje verde oscuro, abotonado, con  galones,  botas negras, tricornio negro y pistola negra enfundada, custodiaba el cuartel y también al pueblo. Eran la autoridad.

Pero para Anita lo que importaba era lo que había detrás de los guardias civiles: Había unas mamás y unas niñas y niños a los que ella podía visitar. Unas mamás que le daban té con galletas para merendar y jugaba con su amiga Ester  en el espléndido patio central a donde daban todos los pabellones de viviendas de las familias de los guardias civiles.

Allí, mientras la pareja de guardia civil recorría el pueblo y el cabo  tecleaba,  con su Olivetti en la oficina, Anita  pasaba las horas en el cuartel inmersa  en el mundo infantil de las tardes de juegos con Ester, Antoñito y otros niños y niñas, hijos de esas mamás que preparaban té con galletas María y que bordaban sábanas en la máquina de coser Alfa.

El tiempo pasó, Anita se tuvo que ir a estudiar fuera del pueblo a un internado. La despedida fue triste.

  Se llevó  con ella unas sábanas bordadas con sus iniciales, que le había hecho la madre de su amiga Ester. Y desde su reducida habitación del internado se arropa con las sábanas bordadas y siente en el roce con  su cara la caricia  de los días infantiles pasados en el gran patio del cuartel.



Maribel Fernández Cabañas



Viejas amigas

Viejas amigas.

  Pasó en 1998 cuando Lucia estaba en la maternidad, dando a luz a un precioso bebé, acompañada de su querido marido.Fue entonces cuando vivió el encuentro más bonito de todos los que había vivido hasta ahora en Barcelona:  La visita de su íntima amiga del internado: Imma Valls , la catalana.

 En 1998 sus ojos se llegaron de lágrimas de emoción y un abrazo grande la arropó. Felicidad doble, la de ser mamá y reencontrarse con su vieja amiga.

Desde que Lucia llegó a Barcelona en 1995 todo eran amistades nuevas para ella que se dedicaba a asistir a talleres de escritura y a talleres de cuenta cuentos. Pero ella tenía la certeza de que algún día se encontraría con su amiga Imma, la del internado de Cáceres del año 1974.

Lucía entre escribir cuentos y entre relatar oralmente con sus nuevas amigas de oralidad, yendo de colegio en colegio, regalándoles sus voces a los niños de primaria y a los de educación especial, también escribía cartas a sus amigas de la adolescencia (las del internado)…



Ramona ( Un personaje de ficción)

Ramona( Un personaje).
Ramona con sus ojos verdes grandes y su largo pelo negro había pasado toda su vida haciendo funciones en una sala de teatro, siempre con su pitillo en la mano y su mirada vivaracha y sus cejas altas arqueadas y bien depiladas: provocaba la risa del público con su gracia natural y su voz fuerte de actriz de teatro de variedades.
Ahora ya en su senectud aún conserva el espíritu vivo a pesar de su cara marcada por las arrugas, ella va cada semana a la peluquería y se tiñe el pelo de negro y presume de gracia en las tiendas del barrio ya sea a comprar el pan o en la tienda de ultramarinos donde permanece largo rato:
─Un cuarto de queso de cabra señor Antonio, le pide al comerciante. Y córtemelo usted con esa gracia con la que usted mueve sus manos Antonio, que se venía usted para mi casa y yo lo ponía a cocinar al ritmo de un pasodoble
─Ramona que cosas tiene usted, le decía el comerciante con el cuchillo grande en la mano. Si yo pudiera dejar mi trabajo me iría con usted al baile los jueves a esa sala de baile que me han dicho que frecuentáis muchas clientas.
─ ¡Corazón que todo se andará! y algún domingo que usted tenga cerrado nos vamos del brazo los dos juntos - Le decía Ramona al comerciante guiñándole un ojo y con un cigarro en su mano ya cuarteada por los años.



Maribel Fernández Cabañas

Juan Álvarez

Juan Álvarez.
Mi vecino Juan de sesenta y siete años, se conserva bien. Mide un metro setenta, tiene el pelo entre canoso y castaño, su cara es alargada, de nariz prominente, boca risueña y sus pesadas gafas, de cristales gordos de miope, casi no  dejan entrever nos pequeños ojillos alegres y castaños. Lo que más me gusta de él es que aunque tenga constipado o un esguince de tobillo y lleve muletas, siempre que me lo encuentro, vestido a diario con su traje de chaqueta y en chándal los fines de semana, va  contento y da unos buenos días muy generosos, parándose un ratito, como si ese momento fuera más importante que llegar a su hora al trabajo y me alaga con sus cariñosas palabras de cordial vecino. Recordándome que fuimos los primeros en venir a esta finca de la calle Joan Miró, 93 de Barcelona:
 ─ ¡Cuánto ha crecido tu hijo Luisito! Era un bebé cuando nos vinimos a vivir aquí y ahora está hecho un hombre! - me dice amablemente.
─Dile de mi parte que cuando me vea por la calle que me llame. Me gustaría saludarlo, y yo casi no veo a la gente. (Se despide de mí, cariñosamente)
Juan es rutinario como yo: A las siete de la mañana yo salgo a pasear a mi perro y el para su trabajo. Al mediodía el viene del trabajo y yo vengo del despacho en el que trabajo de abogada con mi marido  A las siete de la tarde Juan viene de su trabajo como dueño de un taller de mecánica y yo vuelvo del mío y siempre nuestros encuentros son cordiales.
Pero llegó el mes enero y me resultó extraño que pasaran los días y no coincidiéramos Así un día tras otro. Estuve pensando si llamar a su puerta, no lo hice ya que la confianza no era tanta como para visitarnos, éramos discretos vecinos de escalera. Así pasó un mes sin encontrarme con Juan.
Un domingo lo vi en el rellano de la escalera en chándal y con zapatillas de estar por casa:
─ Estoy esperando a mi hija. Me contestó a media voz con ojillos tristones
─ ¡Cuánto tiempo sin verlo señor Juan!- Le dije yo efusiva.
─He estado muy enfermo.
─ ¿Que le ha pasado?
─Pues de un día para otro se me paralizó el lado derecho del cuerpo y la cara, ahora estoy mejor mi hija me lleva todos los días en su coche al hospital donde hago recuperación. De momento no puedo trabajar, ha sido un Ictus.

Maribel Fernández Cabañas






Miedo a la noche.

Miedo a la noche.

Para Sara, ya mayorcita, sólo existía el día. La noche le daba miedo y ahora que era Navidad la ciudad estaba más iluminada que nunca, así es que decidió salir al teatro por la noche.

El teatro estaba muy lejos de su casa, ella llevaba en su bolso cosas que le hacían sentirse más segura como la piedra de cuarzo que le regaló su amiga Amelia que al tenerla en la mano le proporcionaría luz, calor y seguridad. También llevaba puestas sus gafas nuevas con cristales limpios y no los antiguos rayados que ya había descartado por no ver las caras de los paseantes, ni los rótulos de las calles.

 Cogió el metro en la parada de su barrio, el arcén del estaba casi vacío. Ella, haciéndose la valiente se sentó a esperar y por megafonía decían: “Tengan cuidado con sus pertenencias, el carterista aprovecha cualquier oportunidad para apropiarse de lo que no es suyo”. Agarró su bolso cruzado en bandolera y no le quitó la mano de encima durante mucho rato.

 El metro, con su olor a humedad y el poco oxígeno,  le producía lagrimeo y no podía concentrarse en un libro ameno que tenía entre manos, así es que decidió no hacer trasbordo y bajarse del metro en  Plaza de la Concordia donde se quedó contemplando la fuente de colores y con música, al ritmo del movimiento del agua. Se quedó allí un buen rato distraída con la luz, la música y el agua.

Al cabo de un tiempo siguió su camino hasta el teatro, andando cruzó un barrio oscuro y solitario, la cara empezó a picarle. Estaba asustada y empezaron a salirle granos del mismo miedo que sentía, entonces vio una cafetería iluminada y llena de gente. Allí se quedó con su libro y con su piedra de cuarzo, un sitio iluminado y con gente que charlaba tranquilamente.
 En este espacio tan confortable los granos le fueron desapareciendo y  después de una hora de lectura en ese  oasis de luz y calor, siguió su camino hacia el teatro por tortuosas calles laberínticas llenas de bolsas de basura y de suciedad.

 Asustada, con cara compungida, después de callejear por  estas calles oscuras sin alumbrado de navidad y todo cerrado llegó al pequeño teatro. A mitad de la función se quedó dormida hasta que el acomodador ,después de haber salido todo el público, la despertó.

Sara le explicó al acomodador que tenía miedo a la noche y que la dejara seguir durmiendo hasta que amaneciera y quizás por ser navidad él se lo permitió.


Maribel Fernández Cabañas


Unos días entre hermanos

Unos días entre hermanos

Recuerdo estos días como algo cariñoso, tibio y templado que ha pasado por mi vida y que queda en mi corazón. El poder tumbarme en el sofá de mi hermana Blanca delante de la estufa después de horas caminando por el pueblo y que ella en su lujosa casa me acoja con cariño y se siente a mi lado a conversar apaciblemente sin prisas por cenar…

El que yo vea como mi hermana Aurea me ofrece su sala de descanso de su restaurante y su tiempo de descanso para estar juntas un ratito antes de que lleguen los clientes alemanes a cenar a las siete de la tarde y que su sonrisa y su felicidad por tenerme cerca.

O que quedemos una noche los veintidós de la familia entre sobrinos hermanos y cuñados y que todos brindemos por la felicidad de estar juntos.

 Recuerdo también el día en el que cumplió los dieciocho años Alfredo el mayor de los dos hijos de mi hermano mayor. Estábamos todos en la playa, Alfredo saltaba olas con su tabla, la pequeña Ita jugaba en los charquitos entre rocas, el resto charlábamos sentados delante del pastel en una terraza donde deparábamos entre risas y alegrías.

 ─ Que alegría tener un hijo tan mayor que va a entrar en la universidad a estudiar ciencias económicas- decía Alicia la menor de los seis hermanos

─ Nos arreglara a todos la contabilidad-decía otro

─  Ya ver si nos saca de algún apuro- decía su padre, orgulloso de su hijo

 En estas que la pequeña Ita viene corriendo, roja como un tomate y chillando:¡¡ El primo!! ¡¡el primo se ahoga!!

 Todos se levantaron dejando la mesa vacía y se fueron a las olas. Su padre se tiró al agua vestido y allí estaba Alfredo peleándose contra los amarres de una barca de pescadores anclada. Se había enganchado por el cuello y casi se asfixia.

Su tía Julia, enfermera, le hizo la respiración artificial y lo llevaron al hospital más cercano a media hora de camino.

  Volvió en si a lo largo del día y, a pesar de todo, el muy cabezota  quería seguir yendo a coger olas.


Maribel Fernández Cabañas



Luces

Luces

Vengo de una isla volcánica y montañosa. De montarme en guagua, de tomar el sol en las terrazas de los cafés en invierno, de pasear por la avenida de Puerto Naos.

 De subir al mirador el Time y bajar de noche entre oscuridad y plataneras por los pueblecitos con farolitas tintineantes, para no hacerles sombra a las estrellas y dejar que los astrónomos del Roque de los muchachos a dos mil metros de altura las observen y las estudien.

Y llego a la gran ciudad y parece que no hay noche pues los focos fuertes de luz de las farolas la matan.


Maribel Fernández Cabañas