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Llorar y reír

Llorar y reír
Con mi amiga Leticia siempre acabo llorando de la risa que me entra y es que aunque hablemos de calamidades de la vida siempre le da un giro al humor y aunque sea pleno julio y esté cayendo una buena tormenta y vayamos en sandalias mangas cortas y mojándonos los pies.
─¡ Me encanta la lluvia es como si limpiara el ambiente! dice ella mientras las dos vamos agarradas del brazo, cobijándonos en su paraguas al que me ha invitado a entrar y yo contenta he cerrado el mío
Estamos al lado de la catedral calles estrechas y vacías. Sólo unos pocos turistas sin guía, pues hasta estos han cancelado la excursión prevista. Pero nosotras nada de cancelar encuentros, aunque llueva y truene; ya sea verano o invierno. Nosotras mantenemos el día fijado. Nos reunimos los días nueve de cada mes y pasamos del hombre tiempo, porque lo que nos une son nuestras risas y nuestras confidencias y nuestro amor por la amistad y por los relatos.

Maribel Fernández Cabañas





Laboral de Cáceres

Laboral de Cáceres
Recuerdo cuando mis amigas quinceañeras y yo íbamos las tardes de fines de semana, después de haber estado de lunes a viernes en la laboral internas estudiando horas y horas, pero primeramente habíamos asistido a clases por la mañana. Allí,entre otras niñas adolescentes como nosotras, lo que hacíamos era estudiar y estudiar.No obstante salíamos los fines de semana con una autorización firmada por nuestros padres. Las educadoras nos dejaban salir a Cáceres hasta las ocho de la tarde.
 Ateniéndonos a esos horarios cogíamos el autobús especial de este mundo nuestro de   cuatro años de internado.No nos faltaba de nada: cine, comedor, salas de estar para escuchar música, cafetería, pistas de baloncesto y balonmano, piscina climatizada…
Nuestra vida giraba en torno a esa amistad y esa familia nueva que éramos nosotras las quinceañeras del internado de la Universidad Laboral, con niñas venidas de todas las provincias españolas e incluso de las islas Canarias y de las islas Baleares y esos profesores que subían tanto el nivel académico.
 Las educadoras como por ejemplo Pilu ,que era asturiana,  nos explicaba: “Luego cuando vayáis en vacaciones a vuestras casas amoldaros a la humildad que reina en ellas y no le exijáis a vuestros padres el lujo que tenéis aquí”.
Por otra parte la educadora Marisa nos dejaba un ratito más la luz encendida por la noche, en nuestras habitaciones de dos literas.
Esa rutina se rompía los sábados y domingos con los pastelitos de plátano en la calle Pintores. El champú de color celeste,  de la perfumería de la calle Cánovas, los tejanos Lee que eran nuestras compras, recorriendo la antigua ciudad. También los exámenes de reválida de sexto de bachillerato en el Instituto el Brocense, con todos los niños a los que sólo veíamos los fines de semana. La primera vez que me rocé el brazo con uno me puse hasta colorada, de no verlos ni en pintura, y sentí un bochorno muy incómodo y él ni siquiera se dio cuenta,  porque estaba acostumbrado a la Escuela Mixta.
 Estas eran nuestras ocasiones fuera del internado y sin uniforme, pero nunca llevábamos faldas, siempre nuestros vellos en las piernas tapados con pantalones y cuando se celebraba algún acto institucional y había que ponerse la falda tableada  a cuadros, me tenía que depilar con maquinilla de afeitar,  así que luego me crecían los vellos como cactus y me pinchaban las piernas.
En la ciudad de Cáceres además de todo esto también íbamos a hacernos fotos en el Arco de la Estrella o a tomar una Fanta en la Plaza Mayor en la cafetería El Pato y nos sentábamos allí a reír y a charlar compartiendo la alegría del Centro Histórico.  Por último, paseábamos haciéndonos fotos de recuerdo, que luego le mandábamos por carta a nuestros padres, hermanos o amigas del pueblo. Fotos, por ejemplo, dándole un beso en los pies a San Pedro de Alcántara en la Plaza de Santa María, para que nos buscara un buen novio.


Maribel Fernández Cabañas

Dulces de panadería.

Dulces de panadería.

Corría un frío otoño y al entrar en la hermosa panadería por el portalón grande que daba a la calleja de la calle Real todo era  una sala calentita con un gigante horno de leña que los mozos con pantalón blanco y batín a juego avivaban y medían la temperatura, con una especie de reloj grande que marcaba los grados.
 Primero cocían el pan y mientras tanto mi madre con nosotros, su recua de hijos, sacaba las latas o moldes de los baños de barro y cerámica, donde ya estaba hecha   la masa  traída de casa, para hacer las magdalenas perrunillas y mantecados y así tener dulces para un par de meses y que duraran hasta navidad.
 El agradable olor a masa de pan calentita cociéndose en el horno y Lorenzo el panadero metiendo la masa de pan blandita, con una pala de madera en el gran gigante de fuego. Mientras tanto el mozo ayudante en un depósito, como una enorme olla de acero inoxidable, removía la masa de pan pesada y con un utensilio de madera le daba vueltas y más vueltas removiéndola con sus fuertes brazos.
 Nos aposentamos en unas largas mesas de madera, blanqueadas por  restos de harina. Soltamos la masa espesa de las perrunillas encima y le íbamos dando forma, amasándola con la mano y después con una brocha de pastelero y yema de huevo batida las pintábamos, era todo un divertimento.
Que gozada ponerse a hacer dulces sin los abrigos y poder estar en mangas de camisa y con delantalitos a cuadro. Luego echar la masa de las magdalenas en los moldes de papel blanco con una cuchara y llenarnos el dedo índice de masa para vaciar bien la cuchara y de paso relamernos el dedo, que era como un adelanto del festín que vendría después.
En medio del proceso cantábamos y reíamos, hacíamos figuritas con la masa de los mantecados con moldes en forma de estrella, media luna o de corazón.
 Se nos hacía la mañana muy corta, no teníamos prisa, nunca había prisas.

Maribel Fernández Cabañas








Concierto de fin de curso

Concierto de fin de curso.

Qué maravilla como cantan estos jóvenes. Qué ambiente crean con sus voces. Que felices se les ve y que armonía hay en el grupo.
Y yo allí entre el público, inmersa e integrada en el ambiente que crean y me enorgullezco de ver cómo se esfuerzan y sacan partido de su voz; consiguen que el público los adore y les aplauda.
Escucho y miro a la profesora que hace la introducción al concierto con sus ojillos brillosos de disfrutar y transmitirle a todo el grupo el encanto que tienen en sí mismos en su preciosa voz y en su expresión corporal en el escenario.


Maribel Fernández Cabañas


Pequeño encuentro.

Pequeño encuentro.

Sentadas en una mesa de la terraza anclada en la arena de una playa tranquila, tres amigas, que hacía meses que no se veían, se cuentan sus vidas. Sus lazos de amistad las animan a contárselo casi todo, les une una afición: la escritura.
Se ríen, se dan consejos para vivir mejor, se alegran de sus triunfos, se entristecen por las vicisitudes. No faltan los ánimos para seguir luchando porque las tres sin excepción son luchadoras y constantes en sus esfuerzos. Marta está cansada de su trabajo haciendo sustituciones en institutos de secundaria, Ángela algo mayor y con la jubilación anticipada, como maestra de primaria, al escucharla observa que nada ha cambiado en la enseñanza: el poco afán por aprender de la mayoría de los alumnos, el poco entusiasmo por enseñar del maestro que va a pasar las horas y a cumplir con su expediente pero  alienta a Marta para que ella haga su trabajo bien y no se deje sumergir en ese ambiente. Con el tiempo llegan las satisfacciones, algún día recibirá un mail de un alumno agradecido porque ya está en segundo de Universidad o una felicitación por navidad de una alumna que se sentaba en la última fila.
Y Leticia, que es la madre veterana, nos va contando los aciertos y errores en la vida de los adolescentes y la virtud de los padres de saber escuchar a nuestros hijos y se muestra optimista ante la nueva generación.
Se despiden de la brisa suave y primaveral hasta el próximo encuentro que será ir de tapas por las bodeguitas del barrio gótico una noche de verano.


Maribel Fernández Cabañas


Tía Eli

Tía Eli.

Había viajado para ver a mis parientes desde Londres a un pueblo de España. Tenía mucha ilusión por ver a mi tía Eli de noventa años, mi querida tía la única tía cariñosa que me quedaba de las hermanas de mi madre. Sabía de ella por Rita, una prima mía de sesenta años muy arraigada en el pueblo. Una mujer con principios de lo que es ser honrada y cabal y ella vio que mi tía ciega y con parálisis de nacimiento en una pierna que le hacía perder el equilibrio no podía estar sola.
Recuerdo que cuando mi tía Eli tenía unos cincuenta años, se agarraba fuertemente a mi brazo de quinceañera todo músculo y huesos. Era  verano y nos alejábamos del calor del pueblo y nos íbamos a las Playitas de Cádiz... Sí, ella andando por la calle perdía el equilibrio y se agarraba como un tornillo a mi brazo, que hasta me hacía daño, pero yo no me quejaba y soportaba el pellizco de sus dedos también huesudos…  Era mi tía, mi pobre y risueña tía que tenía esa disminución.
Cuando entré con mi prima en el chalet-residencia, blanco con jardines y enredaderas y suelo de azulejo rojo con cuadritos amarillos. Iba con el entusiasmo de ver a mi Eli. Sí con la que tantas veces me había reído desde el auricular del teléfono. Ella, en su casa viejuca de pueblo y yo en mi piso de capital, ella sin casi ver los números de teléfono para marcar mi número, pero que siempre me lo pedía para llamarme en mi cumpleaños. Y así con esa ilusión de hablar conmigo se quedaba hasta que yo la volvía a llamar.: Pero ya últimamente ni ese lazo conservaba de mi tía. El último invierno que la vi en su habitación del pueblo, Eli estaba hecha un cuatro en la cama y encogida de frío.
 Y cuando la volví a ver, en la residencia, calentita, abrigada fue la emoción la que le inundó, al oír  a mi prima  decirle al oído: tía Eli que está aquí  la prima Lucía de Londres. Su cara, que en un principio era como pensativa y relajada, se tornó en una sonrisa, las arrugas y los gestos vibraban y sus canas se movían buscando mi rostro para besarme. Nos besamos y abrazamos muchas veces. Yo le dije: qué guapa estás Eli y ella me dijo: yo a ti no te veo, pero debes de estar también muy guapa.
Le hice una descripción de la residencia tan bonita en la que estaba y que en las paredes de la sala de estar donde ella y otros tantos ancianos se encontraban, en silla de rueda, había hermosos cuadros pintados al óleo por la prima Rita.
Pero no le dije que  había una mujer que gritaba y me llamaba, gritaba tanto que me inquieté y se me rompió el estar con Eli., porque ya no era la tranquila casa de pueblo de tía Eli. Me di cuenta de que allí estaba, porque necesitaba un cuidado especial y Rita no podía dárselo a pesar de que la visitaba cada día, ni yo tampoco, y me fui suspirando y pensando que quizá eso en vez de una visita había sido una última despedida.


Maribel Fernández Cabañas


Bordados.

Bordados
Recuerdo cuando yo y mi hermana íbamos con las  botellas de Coca-Cola de dos litros llenas de agua congelada, agua que se iba deshaciendo con el calor en plena siesta sofocante. Pasábamos esas horas de calor bordando sábanas de Holanda para el ajuar de mi prima la mayor, sentaditas en sillas de nea, menos la silla de Merceditas que no nos la dejaba tocar Juliana. Era la silla de la hija del médico con el respaldo de madera labrado con sus iniciales y el asiento tapizado en color granate aterciopelado y como Merceditas faltaba mucho porque pasaba los veranos haciendo recuperaciones en su colegio –internado pues a todas se nos antojaba esa silla, ante la negativa de Juliana:
 ─ ¡No esa silla no,  que es  de Merceditas!
Entre trago y trago de agua fría, unas niñas de la botella del congelador y otras del botijo de barro, pasábamos las horas de más calor a la sombra de la sala grande de coser que daba al patio, donde si nos portábamos bien nos dejaba salir con las sillas.
 Allí sentadas alrededor del pozo de agua blanco enjalbegado, bajo el sombrajo de lona gris, hacíamos festón, vainicas, bordados de filtiré en la tela cara de Holanda puesta en un bastidor. Nuestras entrenadas y ágiles  manos  ya habían pasado por coser en telas de peor calidad  y por hacer muestrarios y “tú y yo” de punto yugoslavo en telas de mantel de cuadritos.
Juliana era muy seria y tenía una verruga blanca en la nariz, gritaba con voz chillona:
 ─ ¡Niñas a coser, nada de hablar!
 Pero aunque yo era de las formalitas me apuntaba a las risas de Ana Majuelo y mi prima Rosaura que siempre se inventaban algo para jugar o cantar. Teníamos un ratito de asueto en las traseras de su corral, que daban a las barreras del rio, y estaban llenas de chumberas .Mi hermana y yo nunca  habíamos tocado los higos chumbos porque eran como cactus. La señora Juana los vendía en un cesto por la calle ya pelados y decían que eran frescos y ricos. Fruta de las chumberas de los alrededores del pueblo que aquel día me entere bien de lo que eran: Un sinfín de infinitos pinchos tal cual alfiles  se me metieron por la espalda sin yo verlos y por todos los brazos y piernas; mi madre con sus risas me los fue quitando con unas pinzas de depilar las cejas, de uno en uno y me llenó todo el cuerpo de polvos de talco para que pudiera medio dormir.
 Desde ese día vi que los higos chumbos no eran para mí, que prefería coger unas inofensivas naranjas de cualquier huerta del pueblo. Pero le acabé unas sábanas de Holanda bordadas en blanco marfil, con florecitas, hojas y bodoques para mi prima Rita, la cual quedó tan contenta conmigo que cuando enseñaba su ajuar a todas las vecinas les decía que era yo la autora del bordado, una chiquilla de 12 años.


Maribel Fernández Cabañas