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Domingo 14 de septiembre.

Domingo 14 de septiembre

Qué maravilla a estas trempranas horas del día con mi perra a solas, todos están durmiendo: Los vecinos de la manzana, los coches, mi familia. Se acaban de apagar las farolas, me acompañan el fresquito de la mañana, el verde de la hierba mojada, los primeros rayos del sol, las primeras nubes.

 La luna que aún no se ha ido, el silencio que durará poco en este pequeño recodo de la gran metrópoli y que hay que disfrutar con todos los sentidos.


Maribel Fernández Cabañas



Música 1

Hacer las cosas con música.

Cuando la pereza ataca, una no tiene ganas de cocinar o de poner lavadoras o de tender ropa… y  si se encuentra sola, sin nadie que le ayude, no hay nada mejor que ponerse un poco de música en las orejas.

 Entonces entra el ritmo alegre en el cuerpo y todo cambia, una se inspira y se pone en marcha y se siente contenta y le ve el sentido a lo que hace luego encontrará una blusa limpia con olor a detergente  en su ropero y cuando llegue la hora de comer se encontrará aquel guiso que improvisó inspirado en la música pop o  el Soul o el Jazz o la canción española o latina, según los gustos y el momento.

Y hoy escuchando a Kissing My love he hecho unas pechugas de pollo con cebollita y con calabacines como único plato y luego de postre hemos tomado un arroz con leche de ese casero hecho a fuego lento con agua leche, una rama de canela, corteza de limón y ha dado tiempo a que se enfrie en la nevera y nos lo comamos escuchando Kiss FM.


Maribel Fernández Cabañas



Aquí en Menorca

Aquí en Menorca

Conviviendo con esta persona que hace esculturas de barro con figuras de mujer mientras mi hijo y mi marido se bañan en la piscina y yo escribo estas letras. Este amigo me ameniza con su buena conversación: Me habla de las costumbres culturales de la isla, de los paisajes más ajenos al turismo, de los petirrojos a los que echa pan en invierno y observo como se mantiene firme en su propósito de rematar la escultura antes de dejar su apartamento para ir a Andalucía a visitar a su familia.
Y ya todos juntos con la escultura acabada nos vamos a tomar un aperitivo al pueblo.


Maribel Fernández Cabañas



Los maridos

Los maridos

Ayer hablando  con una amiga salió el tema de nuestros maridos, tanto el suyo como el mío tienen estas cosas:
─ ¡Lucia no cojas la bici! que con tanto coche te pueden atropellar.
─ ¡Lucia ten cuidado!, no vayas al centro que te pueden robar el bolso.
A ella le dice su marido:
─Que la niña no ha venido aún y son las 12 de la noche anda llámala al móvil a ver si la han atracado.
─ Y a los 5 minutos él se pone a roncar y a mí me deja con el miedo en el cuerpo. ¡Hombres! No hay que hacerles caso, dice Leticia
Y nos reímos las dos porque parecen cortados por el mismo patrón
─Lucia que este mes hemos pagado más de luz a ver si no te quedas leyendo por las noches y deja de poner la secadora.
─Y para no echar leña al fuego me callo lo que pienso: ¿Y el caprichito de ordenador que tú te has comprado?
Que paciencia tenemos amiga, me dice Leticia y es que ellos lo que hacen es chinchar.
¡¡Son como niños!! Decimos al unísono y nos reímos mientras paseamos por La Rambla.

Maribel Fernández Cabañas

Transeuntes

Transeuntes
De vuelta a casa después de mi necesario paseo al atardecer lo veo todo más bonito.
  En mis paseos por las calles cercanas a los restos de la muralla, he podido observar cómo vive la gente que va de paso: unos se sientan en una extensión de tierra con bancos a hacer un descanso con sus mochilas, yo me siento también en otro banco vacío a contemplar las piedras que permanecen intactas desde la época romana. Este remanso de tranquilidad entre calles atestadas de transeúntes, como yo, que vamos mezclados entre la gente, unos con sus bolsas de compra, otros con sus móviles haciéndose fotos.
Dejo el resto de muralla y me adentro en Puerta del Ángel con sus famosas tiendas de marcas comerciales y tan globalizadas que en cualquier ciudad del mundo existen ( Geox, Desigual, Zara …) y claro para mí eso no tiene encanto, sólo que voy a descambiar la blusa que me compré hace una semana por otra que me combine mejor con el pantalón nuevo.
Para llegar a la quinta planta cojo el ascensor, ahí nos encontramos una masa humana de unas diez personas, una ancianita en su silla de rueda lavadita, peinadita y asistida por una mujer que resopla mostrando su cansancio, un chico entrado ya en los 30 con su perrito como el de Tintín y una bolsa grande de papel dorado, parece feliz con lo que muestra tener. El calor del ascensor es molesto y la anciana de la silla de ruedas cada vez que paramos en una planta pregunta con un hilo de voz: ─ ¿ya salimos? ¿Ya salimos?
Claro es normal que en las tardes tan pobladas de esta gran ciudad, una cuando llegue a su casa se sienta contenta, pues son preferibles estos 16 metros de terraza desde donde escribo y corre el aire y veo los árboles moverse y a mi Nina la perrita mirar por la baranda .En definitiva estar un ratito sola conmigo misma. Eso sí  con mi blusa, que esta vez la he comprado blanca que combina con todo.


Maribel Fernández Cabañas

Llorar y reír

Llorar y reír
Con mi amiga Leticia siempre acabo llorando de la risa que me entra y es que aunque hablemos de calamidades de la vida siempre le da un giro al humor y aunque sea pleno julio y esté cayendo una buena tormenta y vayamos en sandalias mangas cortas y mojándonos los pies.
─¡ Me encanta la lluvia es como si limpiara el ambiente! dice ella mientras las dos vamos agarradas del brazo, cobijándonos en su paraguas al que me ha invitado a entrar y yo contenta he cerrado el mío
Estamos al lado de la catedral calles estrechas y vacías. Sólo unos pocos turistas sin guía, pues hasta estos han cancelado la excursión prevista. Pero nosotras nada de cancelar encuentros, aunque llueva y truene; ya sea verano o invierno. Nosotras mantenemos el día fijado. Nos reunimos los días nueve de cada mes y pasamos del hombre tiempo, porque lo que nos une son nuestras risas y nuestras confidencias y nuestro amor por la amistad y por los relatos.

Maribel Fernández Cabañas





Laboral de Cáceres

Laboral de Cáceres
Recuerdo cuando mis amigas quinceañeras y yo íbamos las tardes de fines de semana, después de haber estado de lunes a viernes en la laboral internas estudiando horas y horas, pero primeramente habíamos asistido a clases por la mañana. Allí,entre otras niñas adolescentes como nosotras, lo que hacíamos era estudiar y estudiar.No obstante salíamos los fines de semana con una autorización firmada por nuestros padres. Las educadoras nos dejaban salir a Cáceres hasta las ocho de la tarde.
 Ateniéndonos a esos horarios cogíamos el autobús especial de este mundo nuestro de   cuatro años de internado.No nos faltaba de nada: cine, comedor, salas de estar para escuchar música, cafetería, pistas de baloncesto y balonmano, piscina climatizada…
Nuestra vida giraba en torno a esa amistad y esa familia nueva que éramos nosotras las quinceañeras del internado de la Universidad Laboral, con niñas venidas de todas las provincias españolas e incluso de las islas Canarias y de las islas Baleares y esos profesores que subían tanto el nivel académico.
 Las educadoras como por ejemplo Pilu ,que era asturiana,  nos explicaba: “Luego cuando vayáis en vacaciones a vuestras casas amoldaros a la humildad que reina en ellas y no le exijáis a vuestros padres el lujo que tenéis aquí”.
Por otra parte la educadora Marisa nos dejaba un ratito más la luz encendida por la noche, en nuestras habitaciones de dos literas.
Esa rutina se rompía los sábados y domingos con los pastelitos de plátano en la calle Pintores. El champú de color celeste,  de la perfumería de la calle Cánovas, los tejanos Lee que eran nuestras compras, recorriendo la antigua ciudad. También los exámenes de reválida de sexto de bachillerato en el Instituto el Brocense, con todos los niños a los que sólo veíamos los fines de semana. La primera vez que me rocé el brazo con uno me puse hasta colorada, de no verlos ni en pintura, y sentí un bochorno muy incómodo y él ni siquiera se dio cuenta,  porque estaba acostumbrado a la Escuela Mixta.
 Estas eran nuestras ocasiones fuera del internado y sin uniforme, pero nunca llevábamos faldas, siempre nuestros vellos en las piernas tapados con pantalones y cuando se celebraba algún acto institucional y había que ponerse la falda tableada  a cuadros, me tenía que depilar con maquinilla de afeitar,  así que luego me crecían los vellos como cactus y me pinchaban las piernas.
En la ciudad de Cáceres además de todo esto también íbamos a hacernos fotos en el Arco de la Estrella o a tomar una Fanta en la Plaza Mayor en la cafetería El Pato y nos sentábamos allí a reír y a charlar compartiendo la alegría del Centro Histórico.  Por último, paseábamos haciéndonos fotos de recuerdo, que luego le mandábamos por carta a nuestros padres, hermanos o amigas del pueblo. Fotos, por ejemplo, dándole un beso en los pies a San Pedro de Alcántara en la Plaza de Santa María, para que nos buscara un buen novio.


Maribel Fernández Cabañas