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Mi vecina Gregoria

 Mi vecina Gregoria.

 Gregoria está yendo a la misma doctora de digestivo que yo, se la recomendé este verano. Yo no tengo  dimes y diretes con nadie y llevo cinco años yendo, Gregoria ya los tiene con la enfermera de la doctora. Hoy no se ha cansado de decirme  que es muy antipática y muy cortante y que se lo va a decir el próximo jueves que tiene que ir a visitarse.

─No Gregoria no le digas nada mujer. Ríete un poco que Montse la enfermera es muy eficiente, por una vez que haya sido un poco seca por teléfono. A eso no le debes  dar importancia.

Y mi marido igual pero claro a mi marido lo veo todos los días y ya me aburre: Cuando no se queja de un amigo, se queja de la hija de este amigo o de la mujer…en fin si yo les diera mis quejas tanto a Gregoria como a mi marido. A mi marido lo más que le llego a decir que es muy quisquilloso y a Gregoria, cuando salgo con ella, que es una vez al mes, no me merece la pena decirle nada. Total para un ratito que estoy con ella sólo le digo:

─ Me alegro de verte

Pero claro pienso que es una intransigente.

 Así está que no tiene a nadie que la acompañe en un viaje de vacaciones porque ella además es escrupulosa: cuando vamos al centro no le gusta ninguno de los bares, a  todos les encuentra una pega y cuando le digo (después de recorrer varios):

─Aquí cerca hay una cafetería muy limpia y bonita.

Gregoria la mira de cabo a rabo y dice:

─Está bien, tengo ya ganas de tomarme el café.

 Entramos y cuando salimos dice: Los lavabos estaban sucios.

 Mi vecina Gregoria ha tenido novios pero se ve que a todos les ha visto faltas: Ella se comporta como si fuera perfecta y todos sabemos que nadie lo es y que ahí está la gracia en aceptar a cada uno con sus defectos.


Maribel Fernández Cabañas








Cloe en casa de Lucía


Cloe en casa de Lucía

Cloe es de New York y ha venido de intercambio lingüístico a España.
 A pesar de que ni Lucía ni su marido saben inglés y de que la chica no sabe español, no faltan momentos de conversación, sobre todo a la hora de cenar.

 Jorge, el hijo de Lucía, hace traducción simultánea mientras charlan.
 Cloe espera a que bendigan la mesa. “Salud y que aproveche” dice Lucía, y le explica a Cloe que ya puede empezar a comer.

El marido de Lucía se ha brindado a llevar a la neoyorquina y a su hijo en coche al Parque Güell o al Museo Nacional de Arte.

Lucía ha preferido quedarse un rato sola en casa, no sin trabajo.  Cloe es vegetariana y alérgica a la lactosa. Pensar los menús es complicado.

 Nina, la mascota, hace lo que nunca: los dos jóvenes, se la llevaron el otro día a la playa. Y a pesar de que al principio le tenía respeto al agua, después ha jugado con otros perros tan grandes como ella y se ha revolcado en la arena, de la nueva playa para perros.

Lucía, ya conocía la voz tenor de su hijo. Ahora esta voz no ha sonado sola, sino a coro con la voz de soprano de Cloe que alegres cantan en el saloncito después de cenar.


Maribel Fernández Cabañas


La regla de Anita

LA REGLA DE ANITA.

Anita a sus siete años andaba jugando a la comba con sus amigas, en la calle de tierra de un pueblo del sur. Lo mismo daba que fuera invierno o verano.
 Su madre le hacía dos trencitas y le ponía dos lacitos de raso  rosa en cada extremo de las trenzas.
A los diez años iba en el transporte escolar al pueblo partido de la comarca a estudiar EGB. El autobús hacía un largo recorrido recogiendo a niñas y niños de los pueblos de alrededor .Ella y sus amigas elegían los asientos de atrás e iban cantando.

La mentalidad de Garrovillas, el pueblo de Anita, era cerrada en cuanto a temas como la menstruación o cómo nacen los niños, no había televisión, ni cine, ni biblioteca .Ella escuchaba a las mujeres decir:
─ Mi hija se ha hecho mujer y no quiero que se lave no sea que se le espante la regla.

Pero nadie le explicaba abiertamente lo que era la regla y ella estaba asustada, le daba la impresión de que era un problema.

 Entretanto, su madre había engordado mucho y una tarde que estaba bordando junto a la ventana del comedor, le dijo a Anita:

─ Estoy bordando unas sábanas de cuna para tu hermanita  y hasta que no nazca, no podré coser a máquina.

 Anita notó que su madre se sonrojaba y entonces ella no vio oportuno contarle sus incógnitas sobre en qué consiste hacerse una mujer. Ni tampoco se atrevió a decirle que el pecho le estaba aumentando.
Fue a pasar unos días a casa de su tía.Y su prima Ester , que era un par de años mayor,  fue la que la aleccionó sobre los cambios que estaba sufriendo.
Las dos juntas y a escondidas en la habitación, hojeaban el Larousse y se enteraban de


 dónde venían los niños y también sobre sexualidad.
Una tarde fue con su prima a acompañarla a comprar compresas porque le había bajado el periodo, y su prima le dijo: Ven Anita que te voy a hacer un regalo. Le compró unos sujetadores en la mercería del barrio.
Anita estaba contenta y se sentía mayor y experimentada pero le daba miedo volver al pueblo.¿ Qué diría su madre cuando la viera con sujetador?.
Así que cuando volvió al pueblo Anita se quitó el sujetador y lo escondió en el fondo de un cajón de la cómoda.
Pero a su madre pocas cosas se le pasaban y un día en que estaba ordenando los cajones de los armarios, lo descubrió ¿ Y esto?, Preguntó sin mirarla a los ojos. Anita tampoco fue capaz de mirarla. Me los dio la prima, respondió.
La madre no dijo nada, pero los volvió a dejar en su sitio.
Al cabo de unos días, Anita fue a buscar los sostenes para ponérselos porque decidió que ahora ya no era un secreto, y se encontró con otro par nuevo al lado de los viejos. Todavía llevaban la etiqueta de la tienda del pueblo. Su madre se los había comprado, pero no le había dicho nada. Se limitó a dejarlos en el cajón. Desde entonces Anita usó los sostenes cada día.


Maribel Fernández Cabañas

La contadora de películas

La contadora de películas

Merece la pena ir al Teatre Grec. Ayer disfruté de La contadora de películas, de una compañía chilena que está haciendo gira por muchos países y basada en la novela de Hernán Rivera Letelier (Chile)

Cinco actores: El padre, la madre, una hija y dos hijos.

El padre era picapedrero en la época de construcción de las vías ferroviarias. Le explota la dinamita y se queda inválido de cintura para abajo impedido en silla de ruedas y con una pensión ínfima.

La madre alegre y con vocación de actriz los abandona. 

Viven en una colonia de trabajadores en una zona árida de Chile. Los tres niños empiezan a ir al cine y luego a contar las películas que ven a su padre y a los vecinos, en aquella época en la que nos e había inventado la televisión el cine era el único entretenimiento para soñar con otros mundos.

El padre muere. La niña, ya adolescente, es víctima de abusos sexuales por parte del casero de la vivienda que habitan.

A pesar de ser una historia dramática los actores te hacen disfrutar del teatro, las escenas se suceden mezclando imágenes de películas y efectos especiales multimédia. De ahí el nombre de la compañía: Teatrocinema.

 Los actores parecen que viven la fantasía y que no se asustan por las desgracias. La voz de la contadora de películas” María Margarita” es una voz firme convincente consoladora. La belleza y la emoción reinan en esta obra.


Maribel Fernández Cabañas


Cajas de cartón

Cajas de cartón

María llegó a Madrid donde solo conocía a Manuel, un antiguo amigo del pueblo que se había ido allí porque unos tíos suyos muy ricos le pagaban la carrera y hasta un piso de alquiler para que viviera él solo.

María, por el contrario, se pagaba ella sola la carrera trabajando de niñera y siempre que podía iba al piso de Manuel que tenía muy buenas manos para cortar melenas.

─ ¿Ves cómo me ha crecido el pelo?  Y a mis niños también. Venimos a que nos lo cortes

─ ¡Hola María cuanto me alegro de verte! Ya veo que te las apañas muy bien con estos pequeños y que te obedecen. Pero bueno hablemos de nuestros conocidos, decía Manuel.

─Pues que te voy a contar que estuve en el puente de la de Inmaculada en el pueblo y  lo pase pipa con nuestra pandilla. Daniel, el hijo del cartero, está como siempre con sus bromas de muchacho brutito y machote. Manolita  haciéndose el ajuar para casarse con un mozo del pueblo de al lado. Y los demás estudiando como nosotros, cada uno en un sitio distinto. Todos desperdigados.

─Que nostalgia tengo del pueblo yo casi no puedo ir, pues mis tíos me han encomendado que cuide de mi prima, esa muchacha con el pelo rizado a lo afro y de delgadez extrema a la que conociste hace un año.

─ ¡Ah sí! Ya se de quien me hablas: de tu prima Lourdes la que estuvo el verano pasado en las fiestas del pueblo y que acabó la noche  en una ambulancia que  la tuvo que llevar al hospital ¡Cómo se pasó de la raya tu prima!

─Si María, pero ahora es peor: se fue con su chico a Holanda y se ha metido en líos mayores de los que no puedo decir nada ya sabes que le debo favores a mis tíos.

─¡¡Chiss!!, que es hora de que llegue mi Prima y a veces tiene el sindrome, le dijo Manuel a su amiga María haciéndole una señal con el dedo índice de la mano derecha en los labios.

Su prima Lourdes llegó a los pocos minutos venía cargada con una caja.

¡Hola primo!, mira lo que traigo para decorar la casa dijo, sin parar de moverse por el salón y sin acabar de colocar la caja en un sitio fijo.

─¡¡Maldita caja!! es tan grande que no puedo con ella- Dijo la prima enfadada.

 Rompió el cartón de la caja desgarrándolo a tirones y contenía un montón de botellas de cristal.

─Son bonitas¿ verdad?. Las estoy haciendo en el taller de pintura de vidrio -Dijo la prima tocándolas con sus manos huesudas y tensas de puro nervio.

─¿ Y tus estudios Lourdes? -Preguntó María

─¡Los estudios al carajo! y además a ti que te importa

─Bueno Manuel  mejor nos vemos en el rastro los domingos y ya me cortaré el pelo en la peluquería. Veo que no es lo mismo que cuando vivías solo- Dijo María despidiéndose de su amigo.

─Si mejor así. María cuanto te quiero, tu sí que eres una amiga discreta. El sábado por la noche, según vea el panorama, te llamo para quedar el domingo. Dijo  Manuel dándole un abrazo.



Maribel Fernández Cabañas


Dos Historias

Dos historias.

Luisa en la Alhambra de Granada con su chándal y con sus prisas por adelgazar, ha dejado en su casa a su marido cocinando y limpiando y ella pasa por  los jardines del Generalife y ve las cascadas de agua deslizarse por los bancales que van haciendo escalera en  y los estanques con los nenúfares .El sol le da de lleno y va sudando.

Elsa, llega a casa al mediodía  de su media jornada en la escuela de primaria  de Alicante, se va a su baño, se ducha se seca el  el pelo y se lo ata en un moño. Pasa delante de la pared anaranjada de su estudio con ganas de entrar. Pero  Elsa  ha de poner unas lentejas al fuego para que estén hechas para cuando llegue  su hijo de la universidad y deja para más tarde el poder ponerse a escribir, que es lo que más le apasiona.

El Generalife está verde, en invierno llovió mucho. Y ahora,apenas comenzado el mes de marzo Luisa recorre sin pararse, con su chándal color naranja, el patio de los leones y aminora el paso para quedarse un rato escuchando el silencio, solo entorpecido por el ruido del agua. Mientras piensa en que su marido estará ocupando los cuarenta y cinco metros cuadrados del apartamento en el que viven y ella no quiere compartir ese reducido espacio con nadie. Pero no tienen dinero ni siquiera suficiente para alquilar otro apartamento y vivir separados entonces se toleran pero hay discusiones fuertes en las que el acaba dejándolo todo y se va a aireare un poco,  por quince días, a casa de su hermana en Albacete. Así no se separa definitivamente de Luisa para la que le gusta cocinar y limpiar.

 Elsa cierra la puerta del estudio que es el sitio donde más le gusta estar pues tiene su librería con la enciclopedia y los diccionarios de la Real Academia y el de María Moliner y además las fotos de su hijo en Irlanda o su hijo en Filadelfia o las fotos de su difunto marido y ella  recién casados. Descorre las cortinitas de la ventana para ver el jardín de ficus y magnolios con una fuente en medio que deja caer el agua donde los niños pequeños se salpican unos a otros jugando con sus abuelos. Pero justo cuando se va a poner a escribir, suena el fuerte ruido del interfono, abre y es el técnico que va a hacer la revisión anual del gas y se va con él a la cocina que es donde está la caldera.

Luisa termina su mañana deportiva y se dirige a su pequeño apartamento en pleno centro de Granada .─Hola cariño- le dice su jubilado marido y cuando  este va a darle un beso y un abrazo ella lo rechaza: –¡Déjame no ves que estoy sudada ,vete a dar una vuelta que quiero estar sola en casa pesado! .
Y el dócil y obediente coge el periódico y se va al primer bar que encuentra para tenerla a ella contenta. Se queda un par de horas hasta que calcula que ella ya está de mejor talante. Mientras lee el periódico el fuerte sol del mediodía le da en la cara con sus reflejos amarillos y él se pone las gafas de sol graduadas para seguir leyendo.

Elsa no puede escribir  y ansia hacerlo ─Señora ahora tengo que pasar por todos los radiadores de la casa revisarlos y purgarlos muéstreme donde están- le dice el técnico
Ella lo va guiando por el salón, los tres dormitorios, los dos baños e irremediablemente por su  estudio privado donde un suspiro se le escapa al ver su ordenador abierto con el capítulo siete  de su novela, capitulo que tiene pendiente para reescribir Elsa está enseñándole al revisor del gas su calefacción.

Luisa está sola en su apartamento canta de la alegría que le da vivir sola por un rato, pero en esas que suena el interfono:─ Cariño,¿ puedo subir ya?. Ella ya relajada le dice que sí y se sientan los dos educadamente a comer las espinacas que él le ha hecho. El sol les da de lleno en el comedor.

Por fin se va el del gas, es la hora de comer, Elsa descuelga el interfono y el teléfono, apaga también el móvil le deja un cartel a su hijo:” Luis estaré en el estudio hasta las cuatro de la tarde no quiero que nadie me moleste tengo que adelantar la novela”. Cierra la puerta de su estudio de pared naranja y con  ventana al jardín ,y retoma lo que dejó anoche. Su capítulo siete.
Eso sí por si acaso, con los cascos puestos, escuchando la primavera de Vivaldi. Y el sol entrando por la ventana.

Maribel Fernández Cabañas




Historia romántica

Historia romántica

Julia siempre iba andando a todas partes, por las mañanas se iba a la Facultad donde estaba haciendo el curso puente para maestros, ella vivía en el centro. Y por las tardes trabajaba de maestra en una escuela de Educación de Adultos, llevaba a un grupo de mujeres de alfabetización y tenía un buen método para enseñarlas y mucha vocación de maestra. Así es que las horas con el grupo- clase se le  pasaban volando.

  Todo le pasaba volando a Julia, por esa época salía con un jovial y buen compañero de clase, Paco, quedaban  para estudiar,  para ir al cineclub de la facultad de medicina, ir a conciertos y  salir con su pandilla de clase.

Y ¡cómo se querían!, unas veces en el piso de Julia, otras en el de Paco se tumbaban en el colchón japonés del salón, ponían el equipo de música… Él le acariciaba la larga melena y con sus dulces y amorosas manos. Le acariciaba todos los sentidos.

 De sus cuerpos desnudos surgía un baile de atracción mutua y  siempre con la sonrisa, no sólo en la boca sino en la forma de mirarse. Unidos en el deseo y en la química, que explosionaba hasta fundirse cuerpo a cuerpo.

Un día Antoñita, una alumna de Julia que vivía muy cerca y que siempre al cerrar la escuela de adultos hacían el camino juntas le dijo:

─Julia te encuentro diferente. Estás como en una nube ¿Acaso estas enamorada?

 Y Julia le contesto que sí
.
─ ¡Cuánto me alegro mi niña! Ya nos invitaras a todas a la boda.

Pero el destino lo cambió todo: Paco se fue trasladado a otra provincia y allí se dedicó de lleno a trabajar en su especialidad, Educación Especial, en un colegio al que le dedicaba todas las horas del mundo. Hacía cursos de perfeccionamiento para mejorar en su labor didáctica.

 Un día que venía de noche en coche, de asistir a un curso, en una curva mala  perdió la vida. A Julia la llamó la hermana de Paco informándola del sepelio.

Julia no asistió, prefería echar su dolor con sus dos intimas amigas llorando y suspirando.  Las amigas le ofrecieron que se mudara a su piso y allí con la amistad, que florecía cada día como una rosa, Julia se fue reponiendo.

Cuando al cabo de unos días la vio su alumna Antoñita, en la escuela de adultos, le dijo: 

─ ¡Julita tu estas muy desmejorada! Esta noche te vienes a cenar a mi casa que tengo unas judías verdes con jamón que despiertan a un muerto.

Julia siguió con sus clases y con  sus buenas alumnas mayores. Con ellas tenía la sensación de que recibía más de lo que daba enseñando.

Maribel Fernández Cabañas