En el internado de la laboral de Cáceres los fines de semana estudiaba
paseando por los jardines con mis compañeras, también teníamos mesas de pimpón
hacíamos trabajos en grupo en la biblioteca vieja que era en la que se podía
hablar.
Por las tardes salíamos nos íbamos a la plaza mayor y nos tomábamos un
refresco en la cafetería “El pato” y también íbamos al paseo de Cánovas y nos tomábamos
un pastel de plátano y nos comprábamos los vaqueros y útiles de higiene.
Teníamos una beca muy importante, la mejor beca en aquella época del Caudillo
que nos cubría hasta acabar los estudios universitarios.
El primer año de La Laboral lloraba mucho porque echaba de menos a mi
familia y además me iba con las niñas más mayores que yo porque una de esas
niñas era conocida de mi pueblo.
Compartía habitación con tres niñas que me hacían bromas pesadas, pero
como una de mis tías del pueblo me había dicho que me harían novatadas y que no
me lo tomara a mal yo no me quejaba. Una vez cuando me iba a dormir me encontré
todas las sábanas llenas de detergente en polvo y también me decían que mi ropa
no era de marca y que las de ellas sí, yo les decía la mía es buena porque se
seca antes.
Por las noches a mi habitación llegaba Juliana una chica de la
habitación de al lado y quería que yo me cambiara de habitación con ella le
dije que no que yo me quedaba en la que me había tocado.
El segundo año tuve más suerte me tocó una habitación con niñas
estupendas Inma, Asún y María, esta última era algo solitaria y no se unía a
las salidas con nosotras.
Y el último año en COU estuve muy bien con las compañeras y no había que
estudiar tanto porque las optativas que cogí me gustaban mucho nos quedábamos
en la residencia vieja que entre los pisos estaba el hueco y la barra para los
bomberos y en vez de bajar por las escaleras nos resbalábamos por ella.