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ANDAR Y VER




 A una mujer de mediana edad sentada en una terraza al sol, y leyéndole en voz alta un libro a su móvil.
─La soledad─
 A un indigente, entrando en los lavabos que están en el vestíbulo del museo.
─La pobreza─
He compartido una mesa de la biblioteca con estudiantes, dándole a los codos.
─Buscando un futuro─
Y al salir,  un cartel grande en una  farola:” Traductor con master en EE.UU., se ofrece para dar clases de inglés”.
─La  realidad del paro─
Y andando por la calle: Una madre rusa muy arreglada, que no paraba de echar la perorata con una  amiga. Sus hijos,  delante de ellas para no perderlos de vista en el mercadillo.
─El consumo─

MaribelF.C.


UN OLOR A COLONIA.



No querer salir a la calle ni quitarme el  pijama.
 Pero mi perrita me dice, a su manera, que la saque. No me queda más remedio que complacerla.
 No es un capricho, tiene motivos, quiere ir a su váter como cualquiera.
 Oh que despertar más bueno en las escaleras de mi bloque: Mi vecino Rodrigo que va dejando su rastro a recién duchado y a colonia fresca.
El olfato se me ha despertado: Paseo por el pipican sombrío y frio de invierno. Rápida a casa me ducho, me perfumo y corro al sol de la playa.
 Antes de que sea una marabunta de gente sobre patinetes y gente alborotadora con sus aparatos de música y el griterío de los chiquillos.
Alegría, libertad, sol, mucho sol, agua marina salada, barquitos de vela del club naútico, azul, celeste, y espacio abierto.
 Atrás los bloques de piso, atrás, el ruido de los coches.
 Y me viene a la cabeza esta canción
                 LIBRE TE QUIERO
(Amancio Prada)

Libre te quiero
como arroyo que brinca
de peña en peña,
pero no mío.
Grande te quiero
como monte preñado
de primavera,
pero no mío.

Bueno te quiero
como pan que no sabe
su masa buena,
pero no mío.

Alto te quiero
como chopo que al cielo
se despereza,
se despereza,
pero no mío.

Blanco te quiero
como flor de azahares
sobre la tierra,
pero no mío.

Pero no mío
ni de Dios ni de nadie
ni tuya siquiera.

No, no, no, no, no,
no mío.
No, no, no, no, no,
no, no, no, no,
ni tuyo.
No, no, no, no, no,
no, no, no, no, no,
no mío.



LA PEQUEÑA MARÍA



La pequeña María vivía en un pueblecito de las Islas Baleares alejada de su querida tía Elsa a la que sólo veía los veranos.
La pequeña María había nacido berreando en los brazos de su madre.
 De bebé sus padres la dejaban un ratito con la tía Elsa en el parque, tía Elsa que vivía en el mundo de los libros y los cuentos y los paseos tranquilos contemplando la luz tenue del amanecer en el mar turquesa de Mallorca o las puestas de sol anaranjadas y con olor a almendros secos del cálido verano en la isla, llevaba a la pequeña María a su regazo y la mecía en el porche donde tenía la antigua mecedora de nea y le cantaba canciones de cuna fuera la hora que fuera, noche día ,daba igual. A tía Elsa le gustaba el silencio o los acompasados vaivenes de las olas al romper o los armónicos sonidos de Brans” Buenas noches mi amor te quiero cantar, tu cuna al mecer tu cuna la llorar y después dormirás y te despertarás en un sueño de paz”
Pasaron los años y la pequeña María llamaba por teléfono a su tía Elsa la cual le contaba cuentos por teléfono que ella escuchaba con devoción todos los domingos al mediodía, cuentos como El gato con botas o Los tres cerditos.
Más tarde, cuando  la pequeña María ya sabía leer, tía Elsa le decía: preciosa léeme un cuento de los que tienes de tu escuela y le leía cuentos de una cabrita y de una planta mágica y tía Elsa la entretenía un ratito, aunque no que fuese en directo.  El teléfono les permitía estar comunicadas con las letras.

Maribel Fernández Cabañas


NANCY Y PEPONA



El día en el que a Nancy se le cayeron los dedos de la mano, el mundo se le vino abajo, lloraba desconsoladamente─ ¿Qué haré ahora, yo que sólo se coser y cortar?─¡ Seré una inútil me tendrán que mantener!─¡Yo quiero seguir siendo la costurera del pueblo búa, búa…!
Yo, la muñeca Pepona (amiga inseparable desde la infancia y más reposada que ella) tomé distancia emocional y empecé a pensar cómo resolver el problema.
─ ¡Ya está tenemos a Manolo el manitas del pueblo!
Enseguida, Manolo, cogió el superglú y las manos de Nancy quedaron medio compuestas  ” de mírame y no me toques”.
Seguí indagando a ver qué posibilidades tenía  para sentirse útil e independiente.
Al cabo de una semana definitivamente le dije: Entraremos en la Residencia de muñecas tullidas, y empezaremos una vida nueva y diferente: Nos dedicaremos a viajar y allí nos lo harán todo.
─ ¿Pero si yo nunca me he movido del pueblo?, dijo Nancy sin entusiasmo.
─ ¡Venga que Manolo llegará pronto a recogernos, haz la maleta, le ordené a mi amiga!
Cuando atravesamos  Los Llanos, La capital de la provincia.  Nancy estaba entusiasmada ─¡ Que catedral más bonita! ¡Y el rio bajo el puente!
─ ¡ Quiero bajarme del coche y verlo todo!
─Nancy aquí nos traerán de excursión otro día, que ahora nos están esperando, le dije.
Cuando llegamos a la Residencia le presenté a todas las compañeras que estaban en sus coquetas habitaciones, con las camitas bien hechas.
 Algunas hacían las comiditas en los cacharritos de aluminio, al fuego de la cocina de gas. Nos pusimos a ayudarles.
Luego en el amplio comedor de mesas pequeñas con mantelitos de florecillas rosas, nos sentamos a comer y nos despedimos de Manolo.  ─¡Vendré siempre a veros, por si hace falta algún arreglillo!, dijo diciendo adiós con la mano.
MaribelFC




LA VOZ HUMANA



Salir a la calle en un día gris, los coches tocando el claxon  la entrada en la Ronda de circulación  atascada.
 Lucía va con prisa con su carrito de la compra a buscar la comida.
 Tiene toda la tarde ocupada en el centro de la ciudad   donde asistirá a su curso y  quiere ser puntual :
─¿Seguirá este colapso de tráfico también por la tarde?, se pregunta.
No quiere pensar en el futuro próximo sino disfrutar del momento plácido de atravesar el parque.
Desea adentrarse en el parque y dejar de oír los pitidos.
Primera puerta del parque, cerrada.
 En su mente están las  higueras, encinas y demás plantas mediterráneas que verá y disfrutará al atravesar el extenso parque.
Sigue andando en contra del viento, segunda puerta, cerrada.
No le queda más remedio que seguir oyendo el ruido de los coches, anda de prisa.
Hoy no puede contemplar la naturaleza. ¡ Qué le vamos a hacer!
Y por fin se aleja de los coches para oír :
─ ¡Ricas mandarinas  y a buen precio!,
─ ¡Merluza fresca!
─¡Ternera gallega!...
Entonces se le acabaron las prisas y se recrea en el mercado:
 ─ ¡Qué agradable es la voz humana !, piensa Lucía.

Maribel FC



SIN DEDOS



El día que se me cayeron los dedos de la mano, el mundo se me vino abajo. Compartía habitación  con mi amiga Pepona y ante mi desesperación y desconsuelo, lloros y gritos.
Ella muy calmada dijo: ─¡¡Nancy cálmate vamos a buscar una solución!!
Conocíamos a un amigo manitas y este enseguida cogió el superglú  y mi cuerpo de muñeca se armó por completo, claro que  tuve que dejar mi profesión de modista.
Y Entré en el internado de muñecas tullidas donde enseguida me aceptaron abiertamente, mi amiga Pepona  me presentó a todas las compañeras  en sus camitas y habitaciones coquetas y nos hacíamos las comiditas en nuestros cacharritos de aluminio, al fuego de nuestra cocina de gas.
Una mujer venía todos los días a limpiarnos las habitaciones, la cocina, baños, salas de estar, y gimnasio y los domingos en un autocar nos llevaban a la sesión de tarde en los cines del pueblo más grande de la comarca.
Hasta conseguí olvidarme de mi vida pasada y ser medianamente feliz con mis dedos postizos.
Maribel Fernández cabañas

LA HABITACIÓN DE AUXI




Eran los años setenta, teníamos quince años, estábamos en una de las habitaciones del internado, la habitación de Auxi, una andaluza que nos enseñaba a bailar y a realizar los pasos de las canciones del folklore de su tierra y así desconectábamos de las clases y de las horas en las salas de estudio.
Con los brazos preparados y todas de uniforme, nos poníamos en el estrecho pasillo, que dejaban las literas, a mover los brazos en jarras y los pies dando saltitos coordinados, mientras Auxi cantaba a voz limpia, a la vez que bailaba con gran salero este tanguillo de Granada:
Niña asómate a reja
Que te tengo que decir
Un recadito a la oreja.
El recadito consiste
Que no te quiero de veras
Y el beso que tú me diste
Te lo vengo a devolver.
Después, otra compañera de Cuenca abría un paquete que le habían mandado sus padres por Correos y ¡Que ricos los huesos de santo y buñuelos! Los repartía entre el grupo de diez que nos habíamos juntado y los degustábamos alegremente.
Y así pasábamos las tardes de invierno. Otros días llegaba, a la Habitación de Auxi, una chica de C.O.U. y nos enseñaba a fumar, a este grupo que no le habíamos dado en nuestra vida una calada a un cigarro.
Ella venía muy lanzada con su paquete de Ducados y: ¡Clase de aprender a fumar!, decía. Recuerdo que tosíamos, dábamos arcadas… Todo por ser más mayores, como ella.
Estos eran los buenos ratos en la Habitación de Auxi, pero en la habitación que a mí me había tocado el primer año, estaban dos asturianas y una extremeña y de vez en cuando entraba una amiga suya que quería que yo me cambiara a su habitación. Era la mandona de Juana.
Juana ,la chica de la habitación de al lado, que simpatizaba mucho con las de mi habitación( todas éramos del mismo curso y nos habían distribuido en las habitaciones por orden alfabético) .Sí, Juana insistía en que yo me fuera de mi habitación a la suya pero yo prefería lo malo conocido, que no era tan malo ,y les decía: Esta es la habitación que me ha tocado¡ y de aquí no me muevo!. Sólo que se metían con mi ropa porque la suya era de marca y la mía era barata.¡ Pero también de marca! y me la había comprado mi madre expresamente para que yo fuera guapa al internado.
Sí, Juana estaba con Candela una chica que tenía cuerpo de hombre, medía dos metros , estudiaba en voz alta y tapándose las orejas con los pulgares y el resto de los dedos de la mano sosteniéndose la cabeza. Y a mí me gustaba estudiar en silencio y no oyendo a nadie repetir como un loro lo que estaba leyendo. Además tenía una mancha morada que le tapaba media cara. Cuando estudiaba por las noches con la linterna, porque las educadoras nos mandaban  a apagar las luces, a mí esta chica me daba mucho miedo.
Pero yo, estos miedos me los guardaba para mí solita y a ellas cuando me insistían un día tras otro para que me cambiara por Juana, yo les repetía  lo mismo: Esta es la habitación que me ha tocado¡ y de aquí no me muevo!.
Y en cuanto podía, me iba a la Habitación de Auxi con los embutidos extremeños que mis padres me habían mandado de la matanza del cerdo y a ellas no les daba.
Maribel Fernández Cabañas.