Alicia recuerda las tres pocilgas o zahurdas que había en casa de sus
abuelos, eran las casas de los cerdos.
Los niños sólo podían entrar en una que eran de un cerdito que no les
mordía y echarles de comer restos de sandía y melón y con la condición de
cerrarle bien la puerta para que no se escapara por el corral.
En las otras dos pocilgas había que mirarlos de lejos, una porque la
mamá cerda había parido y estaba amamantando a sus crías.
Y en la tercera porque mordían los dos cerdos que eran los que ya habían
engordado e irían para la matanza. Los adultos
cogían en brazos a los niños y desde lejos les daban una mazorca de maíz
del de la cosecha porque la familia de Alicia eran agricultores.
El día de la matanza era todo un ritual: Entre cuatro hombres agarraban
al cerdo, que no dejaba de chillar, lo levantaban lo ponían en una banqueta le
clavaban un cuchillo y las mujeres recogían la sangre en un baño de loza.
Las mujeres no dejaban de removerla con sus manos para que la sangre no
cuajara. Cuando ya estaba muerto le cortaban un trozo de carne y el veterinario
la analizaba a ver si tenía triquina una enfermedad típica de estos animales
Luego con las ramas de un arbusto encendidas le quemaban los pelos y
aprovechaban todo de él, la sangre, el tocino, todo.
Por ejemplo con las patas se
hacía jamón. En un cajón grande lleno de sal gorda se ponían las patas y hasta
que se secara la carne se le iba pinchando a ver si estaba ya seco para comerlo
y colgarlo en la cocina.
Maribel FC