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ANA

ANA 

Mi madre me mandaba a casa de Ana a que le llevara las medias a arreglar, unas de color carne, otras negras, algunas con estampados de flores o las medias de malla. Yo iba contenta por esas calles empedradas y empinadas del pueblo, hasta que llegaba a casa de Ana y allí me sentaba un rato a observar como con sus hábiles manos y una aguja especial arreglaba las carreras y enganchones de las medias por cinco duros, en aquellos años sesenta.

Que divertido era ver la destreza, la simpatía, el desparpajo y la rapidez con las que esta mujer cosía las medias con una aguja especial y muy fina; las dejaba como para estrenar nuevitas. Al cabo de un par de días ya estaban listas para que mi madre las luciera el domingo para ir a misa o cuando salía a pasear con mi padre.

Pasaron 10 años y yo me fui a trabajar a Madrid e iba a este pueblecito del sur en vacaciones.Siempre guardaba mis medias no se las daba a ninguna costurera de la capital las guardaba para Ana que con su alegría me contaba anécdotas de mis padres y mis tios de niños.

Corría 1985 y fui a su casa pero ya todo se había girado, ella ya  no cosía  estaba en una mecedora de bambú sentada haciendo una colcha de  ganchillo con una aguja gorda de lana. Noté que había perdido parte de su gracia y la sonrisa. No me nombró sólo le preguntó a su hija: ─ ¿Esta es la hija de Alfonsa la madrileña? No seguía ninguna conversación repetía cincuenta veces las mismas historias de cuando ella era una niña y se montaba en la mula de su padre. Le doy dos besos y me despido de ella que esta como ausente.

Su hija me acompaña a la puerta y me explica aparte, resignada que su demencia senil va deteriorándola progresivamente. La abrazo, lloro y suspiro con ella, despidiéndome hasta sabe Dios cuando porque la empresa me ha trasladado a Paris.


Maribel Fernández Cabañas





Engracia

Engracia

Suena el timbre de la puerta son las 12 del mediodía es sábado, Engracia, viuda de sesenta y tantos años, sale por el pasillo estrecho y abaldosinado de su piso  de Barcelona, cantando una canción de Nino Bravo “….dejaré tus campos por ti, dejare mis cosas y  me iré lejos de aquí… de día viviré pensando en tus caricias de noche las estrellas me acompañaran …“

¡Qué guapo hijo, que guapísimo estás!¡ anda pasa que hace mucho frío! ¡Mi niño que guapísimo está!. Ven que te voy a dar un “cola caíto” le dice al pequeño Quim de 2 años; que viene con su padre Joaquín, sobrino de Engracia y divorciado.

Han llegado en tren desde Tarragona, como cada quince días y Engracia,que ha estado siempre pegada a su marido y a la que Dios no le dió hijos, se vuelca en amores con la juventud y la infancia.

Joaquín se va directamente a la cocina a ver qué les ha preparado la tita porque huele muy bien ¡Um que rico un estofado de ternera!Luego se sienta con su iPhone ,se pone a chatear,  a mirar su twiter y su Facebook entonces la tita Engracia coge un cajón grande donde le tiene un sinfín de juguetes preparados para Quim  y se pone a jugar con él a los cochecitos de carreras . Disfruta como una enana.

Pasa el invierno y vienen la vacaciones de verano y es cuando Joaquín y Quim conviven todo el verano con tita Engracia, la cual llega a instalar internet y a comprarse un ordenador, animada por su cariñoso y zalamero sobrino. Este le abre una cuenta en el Facebook y contacta con los de su pueblo de Andalucía con el grupo” No eres de Bollullos si no…” y ella que se acuerda de todas las familias de su pueblo se hace miembro activa del grupo y ya ni estofado, ni gazpacho, ni jugar con el pequeño…
 ¡Ordenador a todas horas! y así trascurrió el verano encerrada en casa chateando con los de su pueblo.

 Llegó el invierno pronto, y un sábado a las 12 llaman al timbre y son ellos como de costumbre.  Engracia les abre dándole un beso de compromiso y con la bata puesta se va al ordenador:─¡ Que me he hecho amiga de “Andaluces por el mundo”!
 Joaquín no dijo nada, se fue directo a la cocina y no había comida ni siquiera estaba comprado el pan  Cogió el cajón de los juguetes y se lo dio a su hijo que jugaba solo porque la tita Engracia estaba por otros menesteres.

Pasó un año y Joaquín le dijo ¿ tita  nos vamos a Bollullos este verano? y ella encantada Allí se pasó los tres meses en la casa vieja del pueblo encontrándose con todas su amigas del Facebook y yéndose a la Peña Bética a jugar a las cartas o al Club de lectura de la Biblioteca Municipal o a la Asociación de mujeres donde hizo teatro y pintura, bien  distraída

Pasó el verano y Joaquín le dijo:─ ¡Tita que nos vamos para tu piso! ─¡ No hijo mío que yo me quedo aquí!, con mis 500 amigos a los  que los veo todos los días y me divierto mucho con ellos.


 Maribel Fernández Cabañas







Laboral de Cáceres

Laboral de Cáceres
Recuerdo cuando mis amigas quinceañeras y yo íbamos las tardes de fines de semana, después de haber estado de lunes a viernes en la laboral internas estudiando horas y horas, pero primeramente habíamos asistido a clases por la mañana. Allí,entre otras niñas adolescentes como nosotras, lo que hacíamos era estudiar y estudiar.No obstante salíamos los fines de semana con una autorización firmada por nuestros padres. Las educadoras nos dejaban salir a Cáceres hasta las ocho de la tarde.
 Ateniéndonos a esos horarios cogíamos el autobús especial de este mundo nuestro de   cuatro años de internado.No nos faltaba de nada: cine, comedor, salas de estar para escuchar música, cafetería, pistas de baloncesto y balonmano, piscina climatizada…
Nuestra vida giraba en torno a esa amistad y esa familia nueva que éramos nosotras las quinceañeras del internado de la Universidad Laboral, con niñas venidas de todas las provincias españolas e incluso de las islas Canarias y de las islas Baleares y esos profesores que subían tanto el nivel académico.
 Las educadoras como por ejemplo Pilu ,que era asturiana,  nos explicaba: “Luego cuando vayáis en vacaciones a vuestras casas amoldaros a la humildad que reina en ellas y no le exijáis a vuestros padres el lujo que tenéis aquí”.
Por otra parte la educadora Marisa nos dejaba un ratito más la luz encendida por la noche, en nuestras habitaciones de dos literas.
Esa rutina se rompía los sábados y domingos con los pastelitos de plátano en la calle Pintores. El champú de color celeste,  de la perfumería de la calle Cánovas, los tejanos Lee que eran nuestras compras, recorriendo la antigua ciudad. También los exámenes de reválida de sexto de bachillerato en el Instituto el Brocense, con todos los niños a los que sólo veíamos los fines de semana. La primera vez que me rocé el brazo con uno me puse hasta colorada, de no verlos ni en pintura, y sentí un bochorno muy incómodo y él ni siquiera se dio cuenta,  porque estaba acostumbrado a la Escuela Mixta.
 Estas eran nuestras ocasiones fuera del internado y sin uniforme, pero nunca llevábamos faldas, siempre nuestros vellos en las piernas tapados con pantalones y cuando se celebraba algún acto institucional y había que ponerse la falda tableada  a cuadros, me tenía que depilar con maquinilla de afeitar,  así que luego me crecían los vellos como cactus y me pinchaban las piernas.
En la ciudad de Cáceres además de todo esto también íbamos a hacernos fotos en el Arco de la Estrella o a tomar una Fanta en la Plaza Mayor en la cafetería El Pato y nos sentábamos allí a reír y a charlar compartiendo la alegría del Centro Histórico.  Por último, paseábamos haciéndonos fotos de recuerdo, que luego le mandábamos por carta a nuestros padres, hermanos o amigas del pueblo. Fotos, por ejemplo, dándole un beso en los pies a San Pedro de Alcántara en la Plaza de Santa María, para que nos buscara un buen novio.


Maribel Fernández Cabañas

Dulces de panadería.

Dulces de panadería.

Corría un frío otoño y al entrar en la hermosa panadería por el portalón grande que daba a la calleja de la calle Real todo era  una sala calentita con un gigante horno de leña que los mozos con pantalón blanco y batín a juego avivaban y medían la temperatura, con una especie de reloj grande que marcaba los grados.
 Primero cocían el pan y mientras tanto mi madre con nosotros, su recua de hijos, sacaba las latas o moldes de los baños de barro y cerámica, donde ya estaba hecha   la masa  traída de casa, para hacer las magdalenas perrunillas y mantecados y así tener dulces para un par de meses y que duraran hasta navidad.
 El agradable olor a masa de pan calentita cociéndose en el horno y Lorenzo el panadero metiendo la masa de pan blandita, con una pala de madera en el gran gigante de fuego. Mientras tanto el mozo ayudante en un depósito, como una enorme olla de acero inoxidable, removía la masa de pan pesada y con un utensilio de madera le daba vueltas y más vueltas removiéndola con sus fuertes brazos.
 Nos aposentamos en unas largas mesas de madera, blanqueadas por  restos de harina. Soltamos la masa espesa de las perrunillas encima y le íbamos dando forma, amasándola con la mano y después con una brocha de pastelero y yema de huevo batida las pintábamos, era todo un divertimento.
Que gozada ponerse a hacer dulces sin los abrigos y poder estar en mangas de camisa y con delantalitos a cuadro. Luego echar la masa de las magdalenas en los moldes de papel blanco con una cuchara y llenarnos el dedo índice de masa para vaciar bien la cuchara y de paso relamernos el dedo, que era como un adelanto del festín que vendría después.
En medio del proceso cantábamos y reíamos, hacíamos figuritas con la masa de los mantecados con moldes en forma de estrella, media luna o de corazón.
 Se nos hacía la mañana muy corta, no teníamos prisa, nunca había prisas.

Maribel Fernández Cabañas








Tía Eli

Tía Eli.

Había viajado para ver a mis parientes desde Londres a un pueblo de España. Tenía mucha ilusión por ver a mi tía Eli de noventa años, mi querida tía la única tía cariñosa que me quedaba de las hermanas de mi madre. Sabía de ella por Rita, una prima mía de sesenta años muy arraigada en el pueblo. Una mujer con principios de lo que es ser honrada y cabal y ella vio que mi tía ciega y con parálisis de nacimiento en una pierna que le hacía perder el equilibrio no podía estar sola.
Recuerdo que cuando mi tía Eli tenía unos cincuenta años, se agarraba fuertemente a mi brazo de quinceañera todo músculo y huesos. Era  verano y nos alejábamos del calor del pueblo y nos íbamos a las Playitas de Cádiz... Sí, ella andando por la calle perdía el equilibrio y se agarraba como un tornillo a mi brazo, que hasta me hacía daño, pero yo no me quejaba y soportaba el pellizco de sus dedos también huesudos…  Era mi tía, mi pobre y risueña tía que tenía esa disminución.
Cuando entré con mi prima en el chalet-residencia, blanco con jardines y enredaderas y suelo de azulejo rojo con cuadritos amarillos. Iba con el entusiasmo de ver a mi Eli. Sí con la que tantas veces me había reído desde el auricular del teléfono. Ella, en su casa viejuca de pueblo y yo en mi piso de capital, ella sin casi ver los números de teléfono para marcar mi número, pero que siempre me lo pedía para llamarme en mi cumpleaños. Y así con esa ilusión de hablar conmigo se quedaba hasta que yo la volvía a llamar.: Pero ya últimamente ni ese lazo conservaba de mi tía. El último invierno que la vi en su habitación del pueblo, Eli estaba hecha un cuatro en la cama y encogida de frío.
 Y cuando la volví a ver, en la residencia, calentita, abrigada fue la emoción la que le inundó, al oír  a mi prima  decirle al oído: tía Eli que está aquí  la prima Lucía de Londres. Su cara, que en un principio era como pensativa y relajada, se tornó en una sonrisa, las arrugas y los gestos vibraban y sus canas se movían buscando mi rostro para besarme. Nos besamos y abrazamos muchas veces. Yo le dije: qué guapa estás Eli y ella me dijo: yo a ti no te veo, pero debes de estar también muy guapa.
Le hice una descripción de la residencia tan bonita en la que estaba y que en las paredes de la sala de estar donde ella y otros tantos ancianos se encontraban, en silla de rueda, había hermosos cuadros pintados al óleo por la prima Rita.
Pero no le dije que  había una mujer que gritaba y me llamaba, gritaba tanto que me inquieté y se me rompió el estar con Eli., porque ya no era la tranquila casa de pueblo de tía Eli. Me di cuenta de que allí estaba, porque necesitaba un cuidado especial y Rita no podía dárselo a pesar de que la visitaba cada día, ni yo tampoco, y me fui suspirando y pensando que quizá eso en vez de una visita había sido una última despedida.


Maribel Fernández Cabañas


Bordados.

Bordados
Recuerdo cuando yo y mi hermana íbamos con las  botellas de Coca-Cola de dos litros llenas de agua congelada, agua que se iba deshaciendo con el calor en plena siesta sofocante. Pasábamos esas horas de calor bordando sábanas de Holanda para el ajuar de mi prima la mayor, sentaditas en sillas de nea, menos la silla de Merceditas que no nos la dejaba tocar Juliana. Era la silla de la hija del médico con el respaldo de madera labrado con sus iniciales y el asiento tapizado en color granate aterciopelado y como Merceditas faltaba mucho porque pasaba los veranos haciendo recuperaciones en su colegio –internado pues a todas se nos antojaba esa silla, ante la negativa de Juliana:
 ─ ¡No esa silla no,  que es  de Merceditas!
Entre trago y trago de agua fría, unas niñas de la botella del congelador y otras del botijo de barro, pasábamos las horas de más calor a la sombra de la sala grande de coser que daba al patio, donde si nos portábamos bien nos dejaba salir con las sillas.
 Allí sentadas alrededor del pozo de agua blanco enjalbegado, bajo el sombrajo de lona gris, hacíamos festón, vainicas, bordados de filtiré en la tela cara de Holanda puesta en un bastidor. Nuestras entrenadas y ágiles  manos  ya habían pasado por coser en telas de peor calidad  y por hacer muestrarios y “tú y yo” de punto yugoslavo en telas de mantel de cuadritos.
Juliana era muy seria y tenía una verruga blanca en la nariz, gritaba con voz chillona:
 ─ ¡Niñas a coser, nada de hablar!
 Pero aunque yo era de las formalitas me apuntaba a las risas de Ana Majuelo y mi prima Rosaura que siempre se inventaban algo para jugar o cantar. Teníamos un ratito de asueto en las traseras de su corral, que daban a las barreras del rio, y estaban llenas de chumberas .Mi hermana y yo nunca  habíamos tocado los higos chumbos porque eran como cactus. La señora Juana los vendía en un cesto por la calle ya pelados y decían que eran frescos y ricos. Fruta de las chumberas de los alrededores del pueblo que aquel día me entere bien de lo que eran: Un sinfín de infinitos pinchos tal cual alfiles  se me metieron por la espalda sin yo verlos y por todos los brazos y piernas; mi madre con sus risas me los fue quitando con unas pinzas de depilar las cejas, de uno en uno y me llenó todo el cuerpo de polvos de talco para que pudiera medio dormir.
 Desde ese día vi que los higos chumbos no eran para mí, que prefería coger unas inofensivas naranjas de cualquier huerta del pueblo. Pero le acabé unas sábanas de Holanda bordadas en blanco marfil, con florecitas, hojas y bodoques para mi prima Rita, la cual quedó tan contenta conmigo que cuando enseñaba su ajuar a todas las vecinas les decía que era yo la autora del bordado, una chiquilla de 12 años.


Maribel Fernández Cabañas


En casa de mi abuela

 En casa de mi abuela.
En el primer paso de casa de mi abuela, a mano derecha, había una sala con el piso de baldosas rojas y blancas tipo ajedrez, con una ventana inmensa que daba a la calle principal. Los muebles eran los del ajuar de mi madre, donde guardaba tacitas de loza preciosas y nos dejaba sacarlas para jugar a las casitas, también estaban los del ajuar de mi abuela de otro estilo más sobrio y que no podíamos tocar. A esa sala daban dos alcobas: Una la nuetra “la de las niñas” y otra la de mis padres; la de mis padres tenía un misterioso armario empotrado que era de uso y disfrute exclusivo de mi abuela y estaba prohibido abrir.
Un día en el que mi madre invitó a comer a mis primas y mientras todos los mayores estaban en su rato de asueto: mis abuelos dormían la siesta en su habitación, en el ala izquierda de la casa y mis padres estaban en el cuarto de la cocina, al fondo del todo charlando de sus asuntos en voz baja.
 Las niñas nos fuimos a la alcoba de mis padres, a donde no entraba la luz del día, encendimos la bombilla tapándola con un pañuelo de seda de mi madre, para que nadie descubriera, por la luz encendida, que estábamos allí.
Nos pusimos a rebuscar en el pequeño armario empotrado de mi abuela, al ver la llave puesta, donde nos quedamos atónitas e ilusionadas, como cual pirata cuando encuentra un tesoro. De allí sacamos tesoros inservibles y valiosos de un mundo que todavía nos estaba vetado: Una mantilla negra con su peineta, un traje de bodas, una peluca bien puesta en un maniquí, una magnifica cámara de fotos, como las que habíamos visto en las películas y que nadie del pueblo tenía y un artilugio de mano con cable eléctrico, que al enchufarlo a la pared hacía mucho ruido y movía sus tres ruedillas .Nuestros ojos infantiles abiertos como platos no podían abarcar todo aquel mundo de tesoros desconocidos y excitantes y empezamos a utilizarlos como nuestra edad nos daba a entender .
Al cabo de un buen rato las muñecas, de sonrisa paciente y el  pelo largo aparecieron afeitadas al rape y mi abuela se presentó con un camisón blanco de gasa diciendo niñas: ─ ¿Qué ruido es ese que me ha despertado? y cuándo vio lo que habíamos hecho, gritaba llevándose las manos a la cabeza: ¡Jesús José y María!, ¡Por los clavos de Cristo! ¡Eso es de los tíos de Madrid!  Salimos a correr y a escondernos al corral con las gallinas. Aquel día nos habíamos adentrado en el mundo adulto que tan prohibido teníamos.


Maribel Fernández Cabañas




La señorita Inés

La señorita Inés.
La señorita Inés vivió siempre apegada a su madre, viuda .Desde bien joven, la señorita Inés tuvo muchos pretendientes, pero a su madre no le gustaban.
 Por ejemplo, al hijo de Samuel el de la lencería no lo quiso su madre, allá por la guerra civil, porque en un pueblo de agricultores y ganaderos el que no tenía tierras ni ganado no era un buen partido, se excusaba la madre.
Pero la señorita Inés le lloraba a su madre y le suplicaba para que le diera su consentimiento y la madre le decía: tú te quedarás conmigo para cuidarme en mi vejez. Y así sucedió.
 A Francisco el maestro también lo rechazó como yerno con la excusa de que no tenía propiedades sólo un mísero sueldo de maestro con el que no podrían mantener a una familia.
  La pobrecita Inés asistió con melancolía a las bodas de sus amigas, y soñaba con un traje blanco para casarse con el maestro pues ya había perdido al de la lencería, el cual contrajo matrimonio, por todo lo alto, con su amiga Rosita su más íntima, que cuantos suspiros le costó a Inesita esta boda.
Pasaban los años e Inés iba a misa mayor los domingos con su madre y después de pasar por la calle principal del pueblo y alternar con todas las amigas, vecinos y familiares del pueblo, todos de punta en blanco, Inesita que ya tenía cincuenta años y le tenía que decir a su madre que le diera unos céntimos para ir a tomar el vermut, no disponía aún de monedero propio.
La madre murió de un infarto mientras dormía y después de un digno y bonito entierro, la señorita Inés abrió su casa a las visitas y se compró unos muebles para el ajuar porque ella todavía se sentía joven para enamorar a un hombre.
Inés empezó a  ir a coser todas las tardes a casa de una vecina, al lado de la casa del maestro, aprendía  corte y confección por unos duros al mes. Y al salir al anochecer, se iba a dar un paseo con el señor maestro que la esperaba a la salida del taller, había permanecido también soltero aunque su pelo ya pintaba canas.
Su querido Francisco, el maestro, un día la sorprendió con una cajita de joyería. Inés empezó a temblar de emoción y la cogió entre sus delicadas manos, sonreía nerviosa y cuando lo abrió era un anillo de compromiso.
Continuaron saliendo todos los días hasta que ya la gente del pueblo los veía acaramelados despidiéndose cada noche en la puerta de Inés.
Y  sucedió  un día que Inés se vistió de blanco y se casó con Francisco. A la feliz ceremonia asistió todo el pueblo con sus amigas y las hijas de estas en primera fila. Inés no pudo evitar unas lagrimillas de atrasada felicidad cuando su flamante esposo le juró ante el altar, con voz temblorosa, que la amaría todos los días de vida que le quedasen con la mima devoción que en aquel momento.

Maribel Fernández Cabañas.




Abuela Paca


Abuela Paca:
Me acuerdo de ti por un programa que he oído en la radio sobre las abuelas. Me acuerdo de cuando pasabas el sacudidor por las paredes de tu casa y quitabas las telarañas del techo. Estoy viendo el sacudidor, era un cacho trapo atado a un palo y ¡cómo cuidabas de tu casa! Te veo en ese pasillo largo que tenía tres pasos: el primer paso, el segundo paso y el tercer paso.
 El primero era el que tenía unos maceteros altos y unos cuadros de fotos en blanco y negro de escenas de una familia de la época sentada en una silla, una mujer con el pelo largo con bucles que me recordaba a la canción que tanto se cantaba en las verbenas de las fiestas de verano por la noche en el caluroso pueblo del sur en el que me crié, la canción era: Julio Romero de Torres pintó a la mujer morena con los ojos de misterio y el alma llena de pena …
En tu casa de paredes blancas enjalbegadas también tenías bodegones fotografiados en color sepia de piezas de caza como perdices y frutas recién traídas de la naturaleza, como era nuestro pueblo todo rodeado de campo con naranjos olivos y huerta de higueras, nogales melocotoneros y almendros. El agua que no dejaba de correr por el rio Guadiana y por sus canales y acequias donde trabajaban tus hijos y tú marido y a dónde íbamos todo el pueblo en romería a celebrar el día de San Isidro labrador

El segundo paso tenía una chimenea grande y una especie de cocina donde nos sentábamos en una mesa camilla a asar castañas en el fuego de la chimenea y una despensa pequeña como una alacena que tenía unas puertas de madera con agujeritos para que le entrara el aire a los alimentos que tu guardabas allí  por ejemplo: queso, chorizo, cola cao, galletas y que tanto nos gustaba abrir a nosotros tus nietos de cinco a diez años.
Y como la casa tenía doblado, al que nunca subíamos los niños porque ahí mi padre, tío Aurelio y abuelo Aurelio tenían herramientas importantes de labranza que no podíamos tocar y a veces subíamos con uno de ellos y ¡cómo se les caía la baba enseñándonos sus preciados menesteres!
Pero nos dejabas hacer la cruz de mayo en el hueco de la escalera que decorábamos con un pequeño altar, una cruz de bronce que nos prestabas y unos geranios del patio. Así pasábamos entretenidas el mes de la virgen y cantábamos poemas que nos enseñaban en la escuela a la ficticia Virgen María a la que le dedicábamos el altar que para nosotras solo tenía un sentido lúdico.
En el tercer paso había un salón grande cerrado por la puerta acristalada con ventanitas
de madera y su pestillo de hierro, desde la que veíamos las escaleras del patio todo lleno de geranios y plantas de claveles con su aromas fresco y perfumado y era donde comíamos todos juntos en una mesa comedor larga y de madera de fresno, con su hule a cuadros blancos y azules que nos peleábamos por recogerlo y enrollarlo en una caña que había secado y pulido  abuelo del cañaveral del río. A ambos lados del comedor había dos cuartos grandes uno con el aceite en una tinaja enorme de lata (el aceite para todo el año) y los chorizos y jamones colgados del techo. Este cuarto no tenía puerta sólo una cortina oscura de lona marrón y allí las que más entrabáis erais tú, mi madre y las titas. No recuerdo haber visto entrar  a ninguno de los hombres de la casa.
Pero el cuarto más cálido era aquel en el que tenías la cocina económica de carbón en el que en las tardes de invierno mientras se cocía el guiso lentamente, escuchábamos contigo el programa infantil de Perico y Periquín de la radio con la voz de Matilde Conesa y luego tú nos contabas el cuento de Los siete cabritos y el Lobo y con tu exquisita elocuencia nos trasladabas al mundo de la fantasía y entre telas, tijeras agujas e hilos nos enseñabas a hacerles vestiditos a nuestras muñecas.

Maribel Fernández Cabañas












Víveres

Víveres
A principio de los años setenta vivíamos en un pueblecito en el que no había casi comercios y mucho menos supermercados. Todos vivíamos de la agricultura y llevábamos unos años de sequía con lo cual escasamente había para comer. Cuando ibas a por los víveres, para hacer la comida del día, te vendían fiado. La mayoría de los del lugar tenían una cuenta en los tres comercios del pueblo: la panadería la pescadería y la frutería. El comerciante cuando ibas a comprar te echaba la cuenta en un papel de estraza y luego sacaba una libreta con las hojas a cuadritos de la marca Enri y en cada página tenía el nombre de uno de sus clientes donde anotaba el importe de la cuenta y luego cuando recogían la cosecha de trigo y en el silo la depositaban, les pagaban por el peso en arrobas. Ese dinero no se disfrutaba en consumo sino que era para pagar en la tienda y poco más.
Pero como la capital de provincia  estaba muy cerca y había que ir al registro civil, al médico, a la seguridad social… en los autobuses de línea. Allí se nos abrían los ojos con las cafeterías que había, las distancias tan largas que había que recorrer para hacer los recados y siempre comprábamos un escueto bollo suizo en la pastelería Domínguez aunque volvieras del dentista con los carrillos inflados. Siempre pasábamos a disfrutar de esos pequeños placeres, que sustituían al pan con aceite que comíamos en el desayuno y en la merendilla.
Pero abrieron un hipermercado Simago en la plaza de San Lucas, el centro neurálgico de la ciudad y allí era inevitable venirse sin algo hurtado .Entraba  con mi tía Rosita de cuarenta años y pedía un kilo de filetes de cerdo y un kilo de pechugas de pollo en la carnicería; se lo envolvían y se lo pesaban y luego iba a una bolsa transparente con el tique con el precio, para pagarlo en caja. Mi tía compraba también rollos de papel higiénico que era lo que pagaba porque la carne se la metía en el cochecito de mi primo que era un bebé y ese día comíamos en casa de mi abuela la carne que no veíamos en toda la semana y era un festín. Ese día no había garbanzos había carne en salsa y mojábamos el pan en la salsa que hacía mi tía Rosita con ajo, cebollas, pan frito, vino blanco y que machaba en el mortero. Y entre todos los de mi pueblo eran conocidos estos inofensivos hurtos productos de la escasez.

Maribel Fernández Cabañas



Con Eugenia

Con Eugenia.

Era primavera, Lucía se había ido  a un pueblecito se Suiza donde trabajaba su amiga Eugenia,  en un cantón de muchos emigrantes españoles.
Lucía estaba ya algo cansada de las amistades nuevas de la cuidad, matrimonios amigos de su marido que conservaban con esmero su posición social de clase media. No se quitaban el traje de chaqueta de ir a la oficina ni los domingos, no faltaban al gimnasio, al menos tres días en semana y a comidas estiradas con los amigos...
 En Suiza, bajo el paisaje montañoso, pudo convivir con su querida amiga de la juventud. Eugenia trabajaba en una escuela activa para niños españoles. Hablaron de sus vidas. Eugenia recordaba:
¡Que atrás ha quedado la relación tan tonta que tuve con nuestro amigo de adolescencia Joaquín!, ¿Te acuerdas Lucia?  Se me declaró y me regaló un anillo de compromiso y bajo los árboles de la alameda del río hicimos un pacto de sangre con el juramento de que continuaríamos juntos hasta la muerte.
Sí, querida. ¡Cuántas chiquilladas hacíamos! Creo que eran las películas románticas de la época y los poemas de Gustavo Adolfo Bécquer asintió Lucía
Allí permaneció quince días acompañando a la escuela activa a Eugenia. Con sus dotes con la cámara, fotografiaba a los niños y niñas en el taller de manualidades haciendo esculturas de barro. También en alguna fiesta popular con todas las familias animadas por la música. Los alumnos vestidos con trajes típicos cantando y bailando. Ella quería regalarle a su amiga, esas fotos maravillosas de su trabajo diario. Y cómo no, tener una fotografía de Eugenia para ponerla en su álbum, a su vuelta a España, y así verla cuando quisiera estar más cerca de ella.
Los quince días pasaron entre idas y venidas a la escuela, paseos animados por sus conversaciones, risas y recuerdos entrañables.
Y de despedida, Eugenia  anunció a Lucía que cuando se jubilara, se iría a vivir a España para estar cerca la una de la otra. Entonces Lucía la abrazó dando saltos de alegría:
¡¡ Y montaremos un taller de fotografía para niños, junto con otro de escultura que tanto te gusta a ti!! dijo animada Lucía.


Maribel Fernández Cabañas.


La señorita Inés


La señorita Inés vivió siempre apegada a su madre, viuda .Desde bien joven, la señorita Inés tuvo muchos pretendientes pero a su madre no le gustaban. Por ejemplo a el hijo de Samuel el de la lencería no lo quiso su madre allá por la guerra civil, porque en un pueblo de agricultores y ganaderos el que no tenía tierras ni ganado no era un buen partido.
Pero la señorita Inés le lloraba a su madre y le suplicaba para que le diera su consentimiento y la madre le decía: tú te quedarás conmigo para cuidarme en mi vejez. Y así sucedió.
 A Francisco el maestro también lo rechazó como yerno y la pobrecita Inés asistió con melancolía a las bodas de sus amigas, y soñaba con un traje blanco para casarse con el maestro pues ya había perdido al de la lencería, el cual contrajo matrimonio, por todo lo alto, con su amiga Rosita su más íntima, que cuantos suspiros le costó a Inesita esta boda.
Pasaban los años e Inés iba a misa mayor los domingos con su madre y después de pasar por la calle principal del pueblo y alternar con todas las amigas, vecinos y familiares del pueblo, todos de punta en blanco, Inesita que ya tenía cincuenta años no disponía aún de monedero propio y le tenía que decir a su madre que le diera unos céntimos para ir a tomar el vermut.
La madre murió de un infarto mientras dormía y después de un digno y bonito entierro,
la señorita Inés abrió su casa a las visitas y se compró unos muebles para el ajuar porque ella todavía se sentía joven para enamorar a un hombre.
Inés empezó a  ir a coser todas las tardes a casa de una vecina al lado de la casa del maestro que le enseñaba corte y confección por unos duros al mes. Y al salir al anochecer, se iba a dar un paseo con el señor maestro que la esperaba a la salida del taller.
Su querido Francisco, el maestro, un día la sorprendió con una cajita de joyería. Inés empezó a temblar de emoción y la cogió entre sus delicadas manos, sonreía nerviosa y cuando lo abrió era un anillo de compromiso.
Continuaron saliendo todos los días hasta que ya la gente del pueblo los veía acaramelados despidiéndose cada noche en la puerta de Inés.
Y un día sucedió que Inés se vistió de blanco y se casó con Francisco el maestro el cual le prometió en el altar que la amaría para toda la vida.  Sus amigas y maridos estaban presentes en esta feliz ceremonía.

Maribel Fernández Cabañas.




Paisanos



 Tengo muchas actividades que me dan la vida.  Una de ellas la que practico una vez cada tres años: Es ir a ver a los míos del Sur, a los de mi pueblo.
Allí visito, en primer lugar, a mis padres, que están en el cementerio: Les pongo unas velas grandes de color blanco marfil, y mientras las enciendo voy pensando en ellos, en los recuerdos tan buenos que me han dejado, en esos años que compartimos por esas tierras extremeñas. Luego les pongo dos ramitos, uno para cada uno como personas distintas que eran. Aunque yazcan en la misma tumba, ramitos de flores blancas de un blanco inmaculado con ramitas verdes, de un verde sedoso que acaricia el tacto y un suave olor a mañana fresca de invierno. Leo las palabras de despedida que les dejamos sus seis hijos” Siempre estaréis vivos en nuestros corazones” y unas lagrimitas húmedas brotan de mis ojos y un suspiro de mi corazón. Pero enseguida me repongo y paso a la alegría de contarles con mi mente que pueden estar orgullosos de sus hijos y de sus nietos, que son alegres, trabajadores y buena gente y los despido con un: ¡Me voy a casa de Julio, el hermano mayor!. (Que es el único que queda en el pueblo).
 En casa de mi hermano, una casa grande nueva con un salón en el que cabe de todo: dos sofás una larga mesa camilla y una chimenea de leña. Mi hermano, mi cuñada y los niños nos reciben con abrazos y con un desayuno a base de tostadas con cachuela de la matanza del cerdo.Más tarde,  cuando quiero ir a dar una vuelta por el mercadillo  a ver con quien me encuentro, ellos me acompañan y allí me encuentro con mi prima Aurea de apariencia tranquila, pero que no para en sus actividades y se alegra orgullosa de mi y le dice a María la del lagar, que se para a saludarme y comenta que tengo acento catalán : claro mi prima Lucía lleva ya veinte años en Barcelona.
 –¡Oh veinte años! y estás igual que la última vez que te vi, guapa y delgada.
Y así, van sucediendo los cuatro días que permanezco en mi pueblo: llenos de encuentros espontáneos y halagadores y cuando llego a mi hogar Barcelonés mi corazón está lleno de los piropos y arrullos de mis salaos paisanos.

Maribel Fernández Cabañas.




De tiendas.

De tiendas.

Corrían los años setenta por nuestro pequeño pueblo de calles empedradas, al que aún le faltaban muchos años para “modernizarse”.
Mi hermana y yo de nueve y diez años, respectivamente, y las dos primas de la misma edad, acompañadas de mi madre y mis tías, que  nos llevaban, en autobús de línea al pueblo de al lado, de calles asfaltadas, semáforos y coches.

Teníamos que madrugar pero contentas, ya que iban a comprarnos  ropa y zapatos al centro de la comarca donde había todas las tiendas que en nuestro pueblecito  faltaban.

Allí, nos compramos esos abrigos de paño con botones militares. Yo de color marrón una de mis primas verde pistacho. Mi hermana y mi otra prima azul marino. Y tan contentas que íbamos. La tienda de ropa estaba en la plaza de Hernán Cortes, con jardines de seto bien podado y una fuente.

En mi pueblo lo único que había eran “las barreras” del camino a los bebederos de los burros, llenas de chumberas y pitas o cactus y nos entreteníamos cortándolas para vender sus trozos, después de quitarles los pinchos con un cuchillo de cocina, en el comercio que montábamos, mientras jugábamos a las “casitas” en la calle Santiago, que no tenía fuente pero si una piedra de molino enorme, donde nos sentábamos a jugar e incluso, ya de mocitas, a coquetear con nuestros novios.

Mi madre, nos cuidaba la ropa para que nos durara más de un año, guardándola en una funda de tela en el perchero con polil y entrándole al largo del abrigo recién comprado y dos tallas más grandes, para que aguantara años o sacándole cuando crecíamos.
 Lucíamos esos abrigos por la calle para ir al colegio, también para salir los domingos con nuestros padres a tomar el vermut y de ahí irnos a comer a casa de nuestros abuelos.


Maribel Fernández Cabañas.




El bizcocho de mi madre.

El bizcocho de mi madre.

Este bizcocho lo he conocido desde bien pequeña, allá por los años sesenta.

 Cuando una señora del pueblo daba a luz, enseguida, mi madre, cogía seis huevos ,de las gallinas del corral, un cuarto de azúcar, un cuarto de harina un vaso de aceite, una cucharadita de levadura y la ralladura de un limón.

 Empezaba su elaboración en la cocina, batiendo las claras de los huevos a punto de nieve con un batidor manual y en un baño de barro, que hacía un ruïdo característico, que hace años no oigo y ahora lo tengo en el recuerdo como algo especial.

 Era el ruïdo de la alegría que se formaba en la cocina , la alegría de una buena mujer festejando el momento.
  Ella no tenía pereza para hacer un bizcocho. Me acuerdo cuando una señora, de la otra punta del pueblo, se curó de cáncer de mama. A su casa fuimos mi madre, una de mis hermanas y yo a llevarle el bizcocho.

 Cuando las claras estaban batidas a punto de nieve, les iba echando el azúcar poco a poco y nos daba la varilla porque queríamos batir y a base de irle introduciendo el azúcar, la mezcla cada vez pesaba más.
 Pero ella tenía energía para reír y cantar” que tiene la zarzamora que a todas horas llora que llora…”, cantaba mi madre mientras batía.

Luego nos echaba un poquito del merengue en una taza, a sus seis hijos, que la rodeábamos como polluelos  a la gallina. Lo probábamos y nos rechupeteábamos   los dedos.

Seguidamente mezclaba las seis yemas y seguía batiendo. Luego vaciaba el aceite y   la harina , también poco a poco para que se mezclara muy bien y sucesivamente la levadura y la ralladura de limón que lo rayábamos en un rayador curvado muy antiguo. Eran  limones del limonero de luna que había en casa de mi abuela, que nos daba limones todo el año. El olor a ralladura de limón desprendía un  aroma, muy agradable.

Una vez todos estos ingredientes mezclados se ponía la masa en un molde metálico untado con aceite y espolvoreado de harina y acto seguido al horno o a una olla especial.

Y así desde bien pequeña he conocido lo que es la alegría de la vida y el festejar los buenos momentos.

Maribel Fernández Cabañas





El brasero de picón.


El brasero de picón.



Mi madre era alegre, con que alegría y con que poco cansancio, preparaba el brasero de picón en el patio a 0ºC a las 7 de la mañana:

 Primero sacaba el picón de encina que venían vendiendo los hombres en un carro: ¡¡ Al buen picón de encina!!, gritaban, y las mujeres salían a la puerta a comprarle el saco de picón a los carboneros.

Sí mi madre, primero sacaba el picón de un saco de rafia y se tiznaba todas las manos y lo echaba en el brasero de hierro , luego ponía entre los trocitos de picón o carbón fino, un papel de periódico y le prendía fuego con unos mistos o fósforos, hasta que se iban encendiendo las primeras brasas,entonces soplaba con un cartón para que se fueran avivando  y se acabara de encender la parte alta de la montañíta que formaba el fino carbón, luego lo tapaba con un poco de ceniza de la que había sobrado del otro brasero, del día anterior, y la colocaba bien con una badila de hierro.



Después lo llevaba al comedor y lo ponía en el agujero central de la tarima de madera , que era parte de la mesa- camilla …¡ ya estaba la estancia calentita!. Nos podíamos sentar a desayunar las tostadas untadas con cachuela o paté de la matanza del cerdo y un vaso de café con leche.

Café portugués “el camello” comprado en Elvas ( Portugal, Frontera con Badajoz) y hecho en una olla o puchero de porcelana roja con un solo asa y alargada, especial para que el café conservara mejor su sabor.

La olla se llenaba de agua y cuando el agua empezaba a hervir se echaba el café molido, luego, se retiraba la olla del fuego y se dejaba reposar y  más tarde se colaba con un colador de tela y los posos sobrantes se guardaban para hacer el siguiente puchero de café, ¡que bueno estaba el café portugués y que no faltara! que entonces se lo comprábamos, por gramos, que salía más caro, a la siña o señora Angela, que lo traía de estraperlo.

Maribel Fernández Cabañas.

La habitación.

La Habitación.

A mis 10 años mis padres dijeron adiós a la casa compartida con mis abuelos y nos instalamos en otra casa aún más vieja que necesitó días y meses para rascar la pintura azul fuerte que tenía hasta media pared, a modo de zócalo. Las paredes eran de adobe y piedra.
En aquella época no había ni pintores ni casi nada de lo que hay ahora, entre mi madre y mis tías, estropeándose las manos, consiguieron que esas paredes lucieran un blanco inmaculado, todas por igual y un zócalo bajito de media cuarta del mismo color que la madera ocre de las puertas.
También cosieron, con la máquina de pedal Singer, unas colchas de lienzo blanco roto y las bordaron con gusto y esmero y con ellas cubrieron las dos camas de la habitación nuestra” la habitación de las niñas”.
En esta habitación dormía yo con mi hermana Julia en una cama y mi hermana Flora, la mayor, en otra ella sola.
A la hora de irnos a la cama a mí y a Julia nos gustaba conversar y también ir leyendo cada una una página del libro de cuentos que hubiéramos sacado ese mes del bibliobús. Pero Flora era de las que apagaban la luz y todos a dormir que mañana hay que madrugar.
Yo volvía a encender la luz y Flora la volvía a apagar con lo cual era una lucha infructuosa y Julia y yo dejábamos la lectura y hablábamos en voz bajita.
Pasaron unos años y a mi se me ocurrió que un buen sitio para tener la luz encendida podía ser el hueco de la escalera del “doblao” donde podríamos poner unos cojines y un flexo y sentarnos a leer en pijama.
Se lo pedimos a mi madre y ella habló con un vecino que sabía de electricidad y nos instaló la luz en el hueco de la escalera. Cuanto se lo agradecí a este vecino.
Mi hermana Flora no rechistó y se quedaba dormida la primera como siempre y nosotras dos leyendo en nuestro rinconcito.


Maribel FC

Mi madre.

Mi madre.
Mi madre era la hija menor de un agricultor-ganadero y en plena guerra civil española no les faltaba de nada incluso a algún vecino les daban, por ejemplo, un saco de garbanzos, porque escaseaba la comida, a cambio de una lámpara de techo muy bonita que tenía mi abuela en el comedor.
Mi madre y mis tías, en vísperas de fiesta, iban a hacer dulces al horno del pueblo. Los ingredientes eran todos de cosecha propia: manteca de la matanza del cerdo, harina de la cosecha de trigo, huevos de las muchas gallinas que criaban en el corral…
Mi madre desde jovencita se enamoró del hijo del zapatero remendón del pueblo, pero mis abuelos no lo veían como un buen partido y a mi madre le costó muchos disgustos casarse con él pues mi abuelo la llegó a desheredar y mi abuela le retiró la palabra.
Mi madre y el zapatero vivieron en una casa vieja de suelos de cemento y paredes de adobe a las cuales había que darles una mano de tierra blanca, día si y día también, porque se desconchaban.
Los días de diario mi madre, salía a hacer los recados y se paraba para saludar a sus vecinas y se contaban sus vidas.
Yo y mis hermanos no faltábamos, ni siquiera constipados, a la escuela y éramos muy aplicados.
Un día a mi hermano el mayor lo llamó el maestro, era para que solicitara una beca. Mi hermano se fue a estudiar a Cáceres y cuando acabó el primer curso de formación profesional, le propuso a nuestro padre que trajera zapatos para vender y ropa de interior también, ya que en el pueblo sólo había comercios de comestibles y seguro que vendería.
Mi padre agrandó el taller utilizando una sala de la casa y lo adecuó con unas estanterías sencillas que le hizo el carpintero .La gente empezó a enterarse y así se formó la “zapatería de Juan”.
Mis tías y mi abuela se pasaron un día, a compararse unos zapatos y mis hermanos y yo les dimos un abrazo. Y desde ese día mi abuela nos invitó a nosotros y a mi madre a ir con ella al horno a hacer dulces.

Maribel FC.

vivir en los setenta

Vivir en los años setenta.

Era una familia de agricultores con siete hijos, los cuales iban a la escuela y sacaban muy buenas notas.
Se comía de los recursos caseros: el aceite de la cogida de la aceituna se conservaba todo el año sin malgastarla, la carne provenía de la matanza del cerdo al que con tanto esmero  habían cuidado en la zahúrda del corral.También había gallinas y conejos  y verduras del huerto.
Compraban la ropa de vestir a un vendedor ambulante al que iban pagando conforme recogían la cosecha de trigo o la uva de la vendimia y para reyes un pequeño juguete para cada hijo, que se encargaba en una de las pocas tiendas del pueblo en las que también pagaban  fiado.
Hasta que los hijos mayores no acabaron sus estudios y se pusieron a trabajar en la capital y les pasaban una mensualidad a sus padres, estos no tuvieron ni una simple lavadora ni teléfono.

MaribelFC

El agua.

El agua.

Las dos hermanas siempre iban juntas con sus vestiditos celestes o rosa con puntillas blancas, que con tanto esmero les había hecho la modista del pueblo, no sin antes haberlos elegido ellas por un figurín.
 Su niñera las peinaba con trenzas y moños cogidos con cintas de raso bien planchadas.
Las niñas jugaban a las muñecas en casa y no se relacionaban con nadie del pueblo, porque ellas eran las niñas del boticario y tenían que prepararse para ser señoritas y estudiar una carrera donde encontrarían a algún estudiante de la capital y se casarían con un buen partido.
Pero Elenita, que era muy traviesa, siempre que podía, se escapaba a la plaza donde estaban las demás niñas, hijas de campesinos . Y allí hizo una  amistad con  Lucrecia a la que le gustaba mucho mirar el agua del río e imaginarse que era verano y que se bañaban aunque  el agua echaba un vapor frío.Elenita también quería imaginar cosas con Lucrecia pero su niñera iba a buscarla y se la  llevaba a casa con su hermana para que cosieran con ella o dieran clases con su tutor.
Casi siempre Elenita aparecía en la plaza a la hora en la que todos los niños del pueblo salían de la escuela. Pero pasaron  los días y Lucrecia no estaba . Se enteró de que se habían mudado de pueblo ya que a su padre le habían dado unas tierras de colonización Entonces miraba al río y ya no veía nada, sólo el agua correr,tampoco quería jugar en su casa con su hermana a las muñecas ni  dar clases con su tutor .
 Sus padres no se lo pensaron dos veces y la mandaron a un internado. Ella resignada aceptó, allí coincidió con otras niñas  que hablaban de novios, cosa que a ella no le importaba y se pasaba las tardes en los jardines del internado mirando el agua de la fuente y del estanque y soñando que veía a su amiga Lucrecia.
 Una de esas tardes apareció el joven jardinero y le dijo:-a mi también me gusta mirar el agua siempre veo un barco y me voy a navegar y a ver países –que bonito debe ser viajar decía ella –igual que tu lo eres y me gustaría salir contigo  para visitar la ciudad
Elenita se quitó el uniforme se dejó el cabello suelto y se fue con Armando a recorrer la pequeña ciudad, que era histórica y monumental.
Cada tarde al terminar sus clases se iba a los jardines y en el agua del estanque veía reflejado a Armando

Maribel FC.