Con una de las amigas de cuando teníamos catorce años siempre estábamos
cantando, bailando e inventándonos canciones para los profesores.
Cuando acabamos la selectividad nos fuimos a estudiar a la universidad
de Extremadura, la tierra donde nací, ella a estudiar medicina y yo químicas.
Una de las canciones era más o menos así:
“Calin, cacalin, cacaló, cacalín…“
Sus
padres que eran de un pueblo lejano al mío se pasaron por mi pueblo para verla
a la residencia universitaria donde nos quedábamos en Badajoz.
Una
de las veces les regaló a mis padres una pareja de conejos blancos gigantes y
los pusieron en una jaula para que criaran.
Nuestras respectivas familias se hicieron amigas y lo que más nos
gustaba eran las pipas de girasol de su pueblo.
Ay, amiga, cuantas bolsas de pipas de calabaza y de girasol no habremos comido las de nuestra generación. Compartir confidencias y darle a las pipas. Dulces y lejanos tiempos. Un abrazo sabatino, querida Maribel
ResponderEliminarMuchas gracias por tú comentario me alegra tenerte como amiga aquí cerca.Un abrazo Inmenso.
ResponderEliminarTu relato, en este caso, me ha hecho recordar que en mi pueblo había un paseo, y de punta a punta nos lo recorríamos, paseo arriba, paseo abajo, siempre con un cartucho de pipas de girasol. Entonces no había bolsas y las vendían sueltas. ¡La de parejas de novios que salieron en aquel paseo!
ResponderEliminarMe alegro de que te haya traído buenos recuerdos.Un abrazo primaveral y gracias por tu comentario.
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