Recuerdo mi primer año en el colegio público Padre Manjón,
antes de entrar en clase hacíamos la fila y cantábamos esta canción:
Se van los
montañeros,
Se van, se van.
A la montaña
donde les espera
Una montañera
llena de tristeza.
Remírame, moreno,
remírame, remírame
Yo te remiro,
porque eres muy bella
y quiero que
vengas conmigo a la sierra……
En aquella época los libros que utilizábamos eran los que nos
prestaban otros niños más mayores que estaban en bachillerato.
Nosotros hacíamos quinto de primaria con diez años y al cumplir los
catorce estábamos en 8º de E.G.B. Me
alegré mucho porque los libros eran en color y bien ilustrados.
El colegio Padre Manjón
estaba en un pueblo más grande que el mío e íbamos en bus, con beca de comedor
y de transporte.
El autobús salía de mi pueblo al pueblo más grande de las vegas bajas
del río Guadiana e iba recogiendo a niños de otros pueblos pequeños.
Con las amigas de Lobón lo pasábamos
muy bien nos sentábamos atrás del todo y siempre íbamos cantando.
Recuerdo a Don Fidel un profesor al que le olía muy mal el aliento
cuando se acercaba a mi pupitre yo me tapaba la nariz y siempre decía: Vamos,
vamos a estudiar.
Tuve la suerte de que en octavo llegaron profesores jóvenes y nos
sentaron en grupo y nos dejaban hablar bajo.
Como creció más el número de alumnos que de aulas, habilitaron el
gimnasio como clase y ahí nos tocó a nosotros y teníamos que dejar todo bien
recogido al mediodía.
El gimnasio daba al comedor y la directora bendecía la comida, nos
enseñaron a comer las manzanas y las naranjas con cuchillo y tenedor.
A mi lo que me costaba más era la manzana porque en mi familia mi abuelo,
como eran manzanas sin pesticidas, nos permitía comerlas a muerdos y con piel
ya que según él así se fortalecían los dientes.
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