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Ramona ( Un personaje de ficción)

Ramona( Un personaje).
Ramona con sus ojos verdes grandes y su largo pelo negro había pasado toda su vida haciendo funciones en una sala de teatro, siempre con su pitillo en la mano y su mirada vivaracha y sus cejas altas arqueadas y bien depiladas: provocaba la risa del público con su gracia natural y su voz fuerte de actriz de teatro de variedades.
Ahora ya en su senectud aún conserva el espíritu vivo a pesar de su cara marcada por las arrugas, ella va cada semana a la peluquería y se tiñe el pelo de negro y presume de gracia en las tiendas del barrio ya sea a comprar el pan o en la tienda de ultramarinos donde permanece largo rato:
─Un cuarto de queso de cabra señor Antonio, le pide al comerciante. Y córtemelo usted con esa gracia con la que usted mueve sus manos Antonio, que se venía usted para mi casa y yo lo ponía a cocinar al ritmo de un pasodoble
─Ramona que cosas tiene usted, le decía el comerciante con el cuchillo grande en la mano. Si yo pudiera dejar mi trabajo me iría con usted al baile los jueves a esa sala de baile que me han dicho que frecuentáis muchas clientas.
─ ¡Corazón que todo se andará! y algún domingo que usted tenga cerrado nos vamos del brazo los dos juntos - Le decía Ramona al comerciante guiñándole un ojo y con un cigarro en su mano ya cuarteada por los años.



Maribel Fernández Cabañas

Unos días entre hermanos

Unos días entre hermanos

Recuerdo estos días como algo cariñoso, tibio y templado que ha pasado por mi vida y que queda en mi corazón. El poder tumbarme en el sofá de mi hermana Blanca delante de la estufa después de horas caminando por el pueblo y que ella en su lujosa casa me acoja con cariño y se siente a mi lado a conversar apaciblemente sin prisas por cenar…

El que yo vea como mi hermana Aurea me ofrece su sala de descanso de su restaurante y su tiempo de descanso para estar juntas un ratito antes de que lleguen los clientes alemanes a cenar a las siete de la tarde y que su sonrisa y su felicidad por tenerme cerca.

O que quedemos una noche los veintidós de la familia entre sobrinos hermanos y cuñados y que todos brindemos por la felicidad de estar juntos.

 Recuerdo también el día en el que cumplió los dieciocho años Alfredo el mayor de los dos hijos de mi hermano mayor. Estábamos todos en la playa, Alfredo saltaba olas con su tabla, la pequeña Ita jugaba en los charquitos entre rocas, el resto charlábamos sentados delante del pastel en una terraza donde deparábamos entre risas y alegrías.

 ─ Que alegría tener un hijo tan mayor que va a entrar en la universidad a estudiar ciencias económicas- decía Alicia la menor de los seis hermanos

─ Nos arreglara a todos la contabilidad-decía otro

─  Ya ver si nos saca de algún apuro- decía su padre, orgulloso de su hijo

 En estas que la pequeña Ita viene corriendo, roja como un tomate y chillando:¡¡ El primo!! ¡¡el primo se ahoga!!

 Todos se levantaron dejando la mesa vacía y se fueron a las olas. Su padre se tiró al agua vestido y allí estaba Alfredo peleándose contra los amarres de una barca de pescadores anclada. Se había enganchado por el cuello y casi se asfixia.

Su tía Julia, enfermera, le hizo la respiración artificial y lo llevaron al hospital más cercano a media hora de camino.

  Volvió en si a lo largo del día y, a pesar de todo, el muy cabezota  quería seguir yendo a coger olas.


Maribel Fernández Cabañas



Luces

Luces

Vengo de una isla volcánica y montañosa. De montarme en guagua, de tomar el sol en las terrazas de los cafés en invierno, de pasear por la avenida de Puerto Naos.

 De subir al mirador el Time y bajar de noche entre oscuridad y plataneras por los pueblecitos con farolitas tintineantes, para no hacerles sombra a las estrellas y dejar que los astrónomos del Roque de los muchachos a dos mil metros de altura las observen y las estudien.

Y llego a la gran ciudad y parece que no hay noche pues los focos fuertes de luz de las farolas la matan.


Maribel Fernández Cabañas


Ruidos

Ruidos

Sara, una mujer de mediana edad, vivía en un primer piso de un edificio de doce plantas con su hijo y su perro. Contenta sin ruidos en su casa, ya que a pesar de vivir en una gran ciudad, el barrio era residencial y tranquilo.

 Abrieron un  bar restaurante en el local comercial de abajo y por las noches ponían la música muy alta. No la dejaban conciliar el sueño, se quejó varias veces personalmente al dueño del bar pero nada, el “pum, pum” seguía hasta altas horas de la madrugada

Sara no es de quejarse, a ella no le gustan los enfrentamientos, pero claro cuando algo le irrumpe su terreno y la tranquilidad de su espacio íntimo pues ella protesta.

 En principio se cambió de dormitorio para ver si  el ruido de la música a todo volumen,  sólo se notaba en una parte de la casa y comprobó que en todas las estancias de su hogar retumban el suelo y las paredes.

Buenas noches, soy la vecina que vive justo encima de este bar, dijo Sara al dueño del local.

Vale, ¿quiere tomar una cerveza?, la invitó él (llevaba cazadora de cuero negra con chapitas y toda la oreja derecha llena de piercings)

No gracias, vengo a pedirles que a partir de las diez de la noche bajen el volumen de su música pues se oye a todo volumen en mi piso. Según veo tienen los altavoces en el techo. Se explicó Sara muy seria

Ok, no se preocupe por eso señora, que a partir de esta noche no oirá nada. Dijo muy convincente el del bar con una sonrisita.

 Era invierno épocas de exámenes y noche cerrada, ni un alma en la calle y el hijo de Sara estudiando su segundo curso de bachillerato:

¡Que paren ya por favor, con esa música tan fuerte! Se quejaba el hijo por no poder concentrarse.

─Ponte unos tapones en los oídos Saul porque hasta las doce no puedo llamar a los municipales. Le instaba Sara

 A las doce de la noche, tuvo que llamar a la policía municipal los cuales le pidieron su nombre DNI, apellidos, dirección… Ella formalmente se los dio y  a la una de la madrugada cesó la música.

 A Sara le pedía el cuerpo meterse en la cama a las diez, pero  hasta las doce no podía dar la queja por teléfono a la autoridad competente, así día tras día, y los del bar haciendo oídos sordos.

Al cabo de un mes el ruido de la música cesó, por fin.

 Pero Sara ya tenía en mente como resarcirse  por su cuenta de las horas de sueño que había perdido y de haber tenido a toda su familia con los nervios de punta.
 De tal modo que a  las ocho de la mañana, cuando  paseaba a su perro,  por la calle  llena de árboles  recogía los excrementos en una bolsita y religiosamente todas las mañanas, durante quince días, los depositaba en el felpudo de la puerta del bar cerrado y se iba con una sonrisita.


Maribel Fernández Cabañas 


Mil novecientos

Mil novecientos

Aquí estoy como si fuera mil novecientos, cuando el arquitecto Domènech construyó la Ciudad hospitalaria de Sant Pau: Piedra, ladrillo, cristal, mosaicos, estatuas de ángeles cúpulas de cerámica…

 El doblar de una campana, el susurro del viento, el olor a abeto, a tomillo y a lavanda.

 En estos jardines donde, en esa época, los enfermos se recuperaban dando sus paseos al aire libre, entre  la vegetación y el sol, en este reducto tranquilo del centro de Barcelona.


Maribel Fernández Cabañas


Rastrillo

RASTRILLO

Es domingo un domingo entre veraniego y otoñal, las calles del Barrio Gótico están solitarias pero llenas de luz y de frescor por los de la limpieza del ayuntamiento que riegan las calles con su manguera. Da gusto caminar y poder hacer fotos al ayuntamiento de estilo neoclásico y al Palacio de la Generalitat de estilo barroco.

  Todas las cafeterías están cerradas, con lo cual mi desayuno se retrasa, cosa que no le hace gracia a mi estómago, por el contrario  mi vista  se va recreando en los edificios nobles, totalmente despejados de grupos de turistas que dentro de un rato aparecerán con sus cámaras de fotos.

Sigo andando por una calle que hace bajada y me encuentro con lo que dirían en Marruecos “un zoco”: mucha gente agolpada alrededor de unos tenderetes, son los coleccionistas de monedas y  sellos, todos entrados en años, sólo hombres.

Me siento en un banco y los contemplo, están empezando sus primeras ventas y trueques. Pero de pronto hay algo que no me encaja con la filatelia y la numismática: gente alrededor de los tenderetes con bolsas llenas de cosas y maletas  muy sucias y no son turistas, más bien son personas marginales. Me pregunto ¿qué hacen aquí si no llevan albunes de monedas, ni de sellos? Uno de ellos es una anciana con sombrero de paja, pantalón largo y camisa de flores que tiene muchos tic nerviosos y sus manos tiemblan mientras, saca de una de sus bolsas una sábana y la extiende en el suelo, donde acto seguido va colocando, con esmero, unos zapatos de tacón blanco que bien podrían ser de su noche de bodas, y unas gafas de sol… baratijas y  más baratijas. Un hombre alto y con bigote hace lo mismo que ella y así se forma un mercadillo de objetos de segunda mano.

Observo que están ahí intranquilos. Mientras otros tempraneros se acercan, tocan las gafas y los tacones y objetos expuestos para la venta, abren su monederito sacando unas monedas y un billete de cinco euros y sin envoltorio ni nada se llevan la compra. Los compradores sonríen parece que han hecho el negocio del día.

Los del rastrillo de segunda mano,  miran izquierda derecha de la plaza  y de pronto recogen todo en su sabana y echan a correr por las bocacalles, la anciana a paso lento se refugia entre los soportales que rodean toda la Plaza Real, escondiéndose entre turistas mañaneros que toman té con croissants.

  Miro a ver qué pasa, ¿qué es lo que los ha espantado? y son dos policías que se acercan para levantarles el tenderete y ponerles una multa. Afortunadamente ninguno ha sido enganchado.
Es entonces cuando me alejo, yo también, y vuelvo por donde he venido.


Maribel


Mi tía Eli.

Tía Eli.

Había viajado para ver a mis parientes desde Londres a un pueblo de España. Tenía mucha ilusión por ver a mi tía Eli de noventa años, mi querida tía la única tía cariñosa que me quedaba de las hermanas de mi madre. Sabía de ella por Rita, una prima mía de sesenta años muy arraigada en el pueblo. Una mujer con principios de lo que es ser honrada y cabal y ella vio que mi tía ciega y con parálisis de nacimiento en una pierna que le hacía perder el equilibrio no podía estar sola.

Recuerdo que cuando mi tía Eli tenía unos cincuenta años, se agarraba fuertemente a mi brazo de quinceañera todo músculo y huesos. Era  verano y nos alejábamos del calor del pueblo y nos íbamos a las Playitas de Cádiz... Sí, ella andando por la calle perdía el equilibrio y se agarraba como un tornillo a mi brazo, que hasta me hacía daño, pero yo no me quejaba y soportaba el pellizco de sus dedos también huesudos…  Era mi tía, mi pobre y risueña tía que tenía esa disminución.

Cuando entré con mi prima en el chalet-residencia, blanco con jardines y enredaderas y suelo de azulejo rojo con cuadritos amarillos. Iba con el entusiasmo de ver a mi Eli. Sí con la que tantas veces me había reído desde el auricular del teléfono. Ella, en su casa viejuca de pueblo y yo en mi piso de capital, ella sin casi ver los números de teléfono para marcar mi número, pero que siempre me lo pedía para llamarme en mi cumpleaños. Y así con esa ilusión de hablar conmigo se quedaba hasta que yo la volvía a llamar.: Pero ya últimamente ni ese lazo conservaba de mi tía. El último invierno que la vi en su habitación del pueblo, Eli estaba hecha un cuatro en la cama y encogida de frío.

 Y cuando la volví a ver, en la residencia, calentita, abrigada fue la emoción la que le inundó, al oír  a mi prima  decirle al oído: tía Eli que está aquí  la prima Lucía de Londres. Su cara, que en un principio era como pensativa y relajada, se tornó en una sonrisa, las arrugas y los gestos vibraban y sus canas se movían buscando mi rostro para besarme. Nos besamos y abrazamos muchas veces. Yo le dije: qué guapa estás Eli y ella me dijo: yo a ti no te veo, pero debes de estar también muy guapa.
Le hice una descripción de la residencia tan bonita en la que estaba y que en las paredes de la sala de estar donde ella y otros tantos ancianos se encontraban, en silla de rueda, había hermosos cuadros pintados al óleo por la prima Rita.

Pero no le dije que  había una mujer que gritaba y me llamaba, gritaba tanto que me inquieté y se me rompió el estar con Eli., porque ya no era la tranquila casa de pueblo de tía Eli. Me di cuenta de que allí estaba, porque necesitaba un cuidado especial y Rita no podía dárselo a pesar de que la visitaba cada día, ni yo tampoco, y me fui suspirando y pensando que quizá eso en vez de una visita había sido una última despedida.



Maribel Fernández Cabañas