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La placita

La placita

Edelmiro es un hombre que refunfuña mucho en casa, sin motivo ninguno. Es su carácter.

 Está prejubilado y es ciego al amor de Elvira, su mujer también prejubilada y ama de casa. 

Elvira por el contrario es alegre y canta mientras hace las tareas de la casa. Ella disfruta de su  tiempo libre  yéndose a corretear con su bloc de dibujo y su sillita plegable las distintas placitas que hay en su ciudad.

Elvira por el camino se va fijando en lo bello: Una pareja que sonríe abiertamente y alegres van de la mano y se impregna de la felicidad que respira en ese hombre y esa mujer.

 Llega a una placita y se sienta a pintar, plasma en su bloc a niños jugando un domingo por la tarde, junto a abuelitos con  chaqueta de lana, bastón y sombrero. Los árboles de hoja perenne rodeando la plazuela, y una abuela asomada al balcón de su piso.

Elvira de vuelta a su barrio se encuentra a su marido en el bar de la esquina tomando un vinito y viendo el fútbol con otros excompañeros del  cerrado taller de automoción.

Ella los saluda con la mano y sube a su casa, y contempla su dibujo a carboncillo y se siente feliz. 



Maribel Fernández Cabañas




El sol

El sol

Mi casa tiene dos puertas, una da al jardín, frío, húmedo y sombrío. La otra da a la playa, caliente, seca y con sol.

Durante las primeras horas de la mañana, estoy ocupada limpiando y cocinando. Los baños y la cocina tienen ventanas al frío jardín.

En cuanto he terminado las engorrosas faenas de la casa y he dejado la comida hecha, salgo corriendo, por la puerta delantera, y me voy a tomar el sol a la playa.

 Si es verano me baño y si es invierno me tumbo en una hamaca con el chándal  puesto.

 El sol me alegra el alma.


Maribel Fernández Cabañas







Eustaquio

 “ Eustaquio” 

 Eustaquio se jubiló muy joven. Trabajaba en la construcción, de oficio albañil.

Cuando trabajaba  se llevaba  para almorzar: tocino de beta, morcilla, tortilla de patatas, y un pan de pueblo, en una fiambrera

  Pasaba las tardes tumbado  en el sofá viendo la tele, mientras su mujer le llevaba las babuchas, el tintorro y los callos a la madrileña para cenar.

Pero cuando se quedó viudo y con poco dinero, lo que comía eran cuatro latas de conserva y los pulpos, cangrejos y mejillones que pescaba.

Se aficionó tanto a la pesca que le sobraba pescado y lo repartía, le llevaba a su hermana, también viuda, a su hermano, soltero y a su primo,y a veces repartía entre los vecinos de su bloque.

Eustaquio pescaba en el mar, se bañaba en el mar, se aseaba en el mar, y por las noches soñaba en voz alta:

 ¡Qué voy a llegar tarde, ya lo habrán pescado todo!




Maribel Fernández Cabañas




Cloe en casa de Lucía


Cloe en casa de Lucía

Cloe es de New York y ha venido de intercambio lingüístico a España.
 A pesar de que ni Lucía ni su marido saben inglés y de que la chica no sabe español, no faltan momentos de conversación, sobre todo a la hora de cenar.

 Jorge, el hijo de Lucía, hace traducción simultánea mientras charlan.
 Cloe espera a que bendigan la mesa. “Salud y que aproveche” dice Lucía, y le explica a Cloe que ya puede empezar a comer.

El marido de Lucía se ha brindado a llevar a la neoyorquina y a su hijo en coche al Parque Güell o al Museo Nacional de Arte.

Lucía ha preferido quedarse un rato sola en casa, no sin trabajo.  Cloe es vegetariana y alérgica a la lactosa. Pensar los menús es complicado.

 Nina, la mascota, hace lo que nunca: los dos jóvenes, se la llevaron el otro día a la playa. Y a pesar de que al principio le tenía respeto al agua, después ha jugado con otros perros tan grandes como ella y se ha revolcado en la arena, de la nueva playa para perros.

Lucía, ya conocía la voz tenor de su hijo. Ahora esta voz no ha sonado sola, sino a coro con la voz de soprano de Cloe que alegres cantan en el saloncito después de cenar.


Maribel Fernández Cabañas


La contadora de películas

La contadora de películas

Merece la pena ir al Teatre Grec. Ayer disfruté de La contadora de películas, de una compañía chilena que está haciendo gira por muchos países y basada en la novela de Hernán Rivera Letelier (Chile)

Cinco actores: El padre, la madre, una hija y dos hijos.

El padre era picapedrero en la época de construcción de las vías ferroviarias. Le explota la dinamita y se queda inválido de cintura para abajo impedido en silla de ruedas y con una pensión ínfima.

La madre alegre y con vocación de actriz los abandona. 

Viven en una colonia de trabajadores en una zona árida de Chile. Los tres niños empiezan a ir al cine y luego a contar las películas que ven a su padre y a los vecinos, en aquella época en la que no se había inventado la televisión, el cine era el único entretenimiento para soñar con otros mundos.

El padre muere. La niña, ya adolescente, es víctima de abusos sexuales por parte del casero de la vivienda que habitan.

A pesar de ser una historia dramática los actores te hacen disfrutar del teatro, las escenas se suceden mezclando imágenes de películas y efectos especiales multimédia. De ahí el nombre de la compañía: Teatrocinema.

 Los actores parecen que viven la fantasía y que no se asustan por las desgracias. La voz de la contadora de películas” María Margarita” es una voz firme, convincente, consoladora. La belleza y la emoción reinan en esta obra.


Maribel Fernández Cabañas


Cajas de cartón

Cajas de cartón

María llegó a Madrid donde solo conocía a Manuel, un antiguo amigo del pueblo que se había ido allí porque unos tíos suyos muy ricos le pagaban la carrera y hasta un piso de alquiler para que viviera él solo.

María, por el contrario, se pagaba ella sola la carrera trabajando de niñera y siempre que podía iba al piso de Manuel que tenía muy buenas manos para cortar melenas.

─ ¿Ves cómo me ha crecido el pelo?  Y a mis niños también. Venimos a que nos lo cortes

─ ¡Hola María cuanto me alegro de verte! Ya veo que te las apañas muy bien con estos pequeños y que te obedecen. Pero bueno hablemos de nuestros conocidos, decía Manuel.

─Pues que te voy a contar que estuve en el puente de la de Inmaculada en el pueblo y  lo pase pipa con nuestra pandilla. Daniel, el hijo del cartero, está como siempre con sus bromas de muchacho brutito y machote. Manolita  haciéndose el ajuar para casarse con un mozo del pueblo de al lado. Y los demás estudiando como nosotros, cada uno en un sitio distinto. Todos desperdigados.

─Que nostalgia tengo del pueblo yo casi no puedo ir, pues mis tíos me han encomendado que cuide de mi prima, esa muchacha con el pelo rizado a lo afro y de delgadez extrema a la que conociste hace un año.

─ ¡Ah sí! Ya se de quien me hablas: de tu prima Lourdes la que estuvo el verano pasado en las fiestas del pueblo y que acabó la noche  en una ambulancia que  la tuvo que llevar al hospital ¡Cómo se pasó de la raya tu prima!

─Si María, pero ahora es peor: se fue con su chico a Holanda y se ha metido en líos mayores de los que no puedo decir nada ya sabes que le debo favores a mis tíos.

─¡¡Chiss!!, que es hora de que llegue mi Prima y a veces tiene el sindrome, le dijo Manuel a su amiga María haciéndole una señal con el dedo índice de la mano derecha en los labios.

Su prima Lourdes llegó a los pocos minutos venía cargada con una caja.

¡Hola primo!, mira lo que traigo para decorar la casa dijo, sin parar de moverse por el salón y sin acabar de colocar la caja en un sitio fijo.

─¡¡Maldita caja!! es tan grande que no puedo con ella- Dijo la prima enfadada.

 Rompió el cartón de la caja desgarrándolo a tirones y contenía un montón de botellas de cristal.

─Son bonitas¿ verdad?. Las estoy haciendo en el taller de pintura de vidrio -Dijo la prima tocándolas con sus manos huesudas y tensas de puro nervio.

─¿ Y tus estudios Lourdes? -Preguntó María

─¡Los estudios al carajo! y además a ti que te importa

─Bueno Manuel  mejor nos vemos en el rastro los domingos y ya me cortaré el pelo en la peluquería. Veo que no es lo mismo que cuando vivías solo- Dijo María despidiéndose de su amigo.

─Si mejor así. María cuanto te quiero, tu sí que eres una amiga discreta. El sábado por la noche, según vea el panorama, te llamo para quedar el domingo. Dijo  Manuel dándole un abrazo.



Maribel Fernández Cabañas


Dos Historias

Dos historias.

Luisa en la Alhambra de Granada con su chándal y con sus prisas por adelgazar, ha dejado en su casa a su marido cocinando y limpiando y ella pasa por  los jardines del Generalife y ve las cascadas de agua deslizarse por los bancales que van haciendo escalera en  y los estanques con los nenúfares .El sol le da de lleno y va sudando.

Elsa, llega a casa al mediodía  de su media jornada en la escuela de primaria  de Alicante, se va a su baño, se ducha se seca el  el pelo y se lo ata en un moño. Pasa delante de la pared anaranjada de su estudio con ganas de entrar. Pero  Elsa  ha de poner unas lentejas al fuego para que estén hechas para cuando llegue  su hijo de la universidad y deja para más tarde el poder ponerse a escribir, que es lo que más le apasiona.

El Generalife está verde, en invierno llovió mucho. Y ahora,apenas comenzado el mes de marzo Luisa recorre sin pararse, con su chándal color naranja, el patio de los leones y aminora el paso para quedarse un rato escuchando el silencio, solo entorpecido por el ruido del agua. Mientras piensa en que su marido estará ocupando los cuarenta y cinco metros cuadrados del apartamento en el que viven y ella no quiere compartir ese reducido espacio con nadie. Pero no tienen dinero ni siquiera suficiente para alquilar otro apartamento y vivir separados entonces se toleran pero hay discusiones fuertes en las que el acaba dejándolo todo y se va a aireare un poco,  por quince días, a casa de su hermana en Albacete. Así no se separa definitivamente de Luisa para la que le gusta cocinar y limpiar.

 Elsa cierra la puerta del estudio que es el sitio donde más le gusta estar pues tiene su librería con la enciclopedia y los diccionarios de la Real Academia y el de María Moliner y además las fotos de su hijo en Irlanda o su hijo en Filadelfia o las fotos de su difunto marido y ella  recién casados. Descorre las cortinitas de la ventana para ver el jardín de ficus y magnolios con una fuente en medio que deja caer el agua donde los niños pequeños se salpican unos a otros jugando con sus abuelos. Pero justo cuando se va a poner a escribir, suena el fuerte ruido del interfono, abre y es el técnico que va a hacer la revisión anual del gas y se va con él a la cocina que es donde está la caldera.

Luisa termina su mañana deportiva y se dirige a su pequeño apartamento en pleno centro de Granada .─Hola cariño- le dice su jubilado marido y cuando  este va a darle un beso y un abrazo ella lo rechaza: –¡Déjame no ves que estoy sudada ,vete a dar una vuelta que quiero estar sola en casa pesado! .
Y el dócil y obediente coge el periódico y se va al primer bar que encuentra para tenerla a ella contenta. Se queda un par de horas hasta que calcula que ella ya está de mejor talante. Mientras lee el periódico el fuerte sol del mediodía le da en la cara con sus reflejos amarillos y él se pone las gafas de sol graduadas para seguir leyendo.

Elsa no puede escribir  y ansia hacerlo ─Señora ahora tengo que pasar por todos los radiadores de la casa revisarlos y purgarlos muéstreme donde están- le dice el técnico
Ella lo va guiando por el salón, los tres dormitorios, los dos baños e irremediablemente por su  estudio privado donde un suspiro se le escapa al ver su ordenador abierto con el capítulo siete  de su novela, capitulo que tiene pendiente para reescribir Elsa está enseñándole al revisor del gas su calefacción.

Luisa está sola en su apartamento canta de la alegría que le da vivir sola por un rato, pero en esas que suena el interfono:─ Cariño,¿ puedo subir ya?. Ella ya relajada le dice que sí y se sientan los dos educadamente a comer las espinacas que él le ha hecho. El sol les da de lleno en el comedor.

Por fin se va el del gas, es la hora de comer, Elsa descuelga el interfono y el teléfono, apaga también el móvil le deja un cartel a su hijo:” Luis estaré en el estudio hasta las cuatro de la tarde no quiero que nadie me moleste tengo que adelantar la novela”. Cierra la puerta de su estudio de pared naranja y con  ventana al jardín ,y retoma lo que dejó anoche. Su capítulo siete.
Eso sí por si acaso, con los cascos puestos, escuchando la primavera de Vivaldi. Y el sol entrando por la ventana.

Maribel Fernández Cabañas