Translate

URGENCIAS VETERINARIAS

URGENCIAS VETERINARIAS.
Un viernes por la mañana me levante con la casa llena de vómitos: uno debajo de mi mesa escritorio del salón, otro al lado del piano, otro en la terraza y curiosamente Nina, la mascota perruna de la casa, no corría detrás de mí para que la paseara sino que estaba con el rabo entre las piernas. Después de un laborioso y desagradable trabajo de limpieza me la llevé a la calle y esperé a que abrieran en la consulta de la clínica veterinaria. Allí la llevé, en un taxi que admitía perros y me tocó la temida veterinaria Pilar del partido animalista, defensora acérrima de la especie animal, miró el historial de Nina y me echó las culpas del sobrepeso del animal. No le estaba dando el pienso light que ella me había indicado, un pienso que le le aligera el tracto intestinal y hay que sacarla a la calle cada dos por tres a hacer sus necesidades.
Después de repasar el peso, repasó su piel y sus oídos y su tensión y su abdomen y me dió un buen repaso a mi, sin darme una solución para los vómitos.
 Al cabo de dos horas allí, en la que todo hay que decirlo, a la perra le hicieron una ecografía de abdomen y también una analítica de sangre y me mandaron a la otra punta de la ciudad a un hospital canino con un supuesto tumor en el intestino.
Tuve que decidir entre operar o eutanasia opte por lo primero y a las nueve de la noche me dijeron todo ha ido bien, era un hueso de melocotón. Ya he suspirado por eso puedo contarlo. Nina ahora pasea con un bozal, para que no se lleve nada a la boca sólo el pienso light.

Maribel

Tranquilidad

Lucía vive en la ciudad ideal, su Barcelona, la ciudad de la Literatura.
Y en su tranquilo barrio al lado de la playa.
Lucía está sola en casa su marido y su hijo se han ido a pasar la mañana a la Sierra de Collserola con la paciente Nina su perra que casi nunca sale a correr por el campo.
Y ella ha podido ocupar el espacio más luminoso de la casa con un gran ventanal al mar.
Hoy reina el silencio sólo se oye el alegre y reconfortante ruido de un hogar en marcha (la lavadora, el lavavajillas y  la olla exprés)
Pocas veces está su casa tan vacía como hoy. Las vacaciones de verano han sido muy largas y muy caseras con las consiguientes visitas, algunas inesperadas como lo fue la de los Pérez que venían de pasar quince días en La Costa Azul francesa y les hacía mucha ilusión quedarse una semana, ya  que sólo se ven una vez al año. Esa semana la casa parecía un hotel, todas las habitaciones completas hasta el estudio se convirtió en dormitorio y tuvieron que abrir el sofá cama del salón.
Hoy Lucía tiene que aprovechar la tranquilidad.

Maribel Fernández Cabañas




La granja

                 
                                           
Lucía  se despertaba siempre  con la primera luz del sol. Vivía en una granja y mientras sus siete hermanas seguían durmiendo, ella cuidaba de los animales de la granja en la que vivían: le echaba pienso a la yegua, a las mulas, a los cerdos, a las gallinas….Cuando terminaba regresaba a la casa y preparaba  el desayuno  para sus siete hermanas: Siete  buenas tostadas con sofrito de la matanza y siete  tazones de café con leche.
A las nueve en invierno y a las ocho en verano, Lucía las despertaba a todas cantando contenta: Corre, corre caballito, corre por la carretera corre, corre caballito que la cuadra allí te espera…
 Mientras desayunaban, Lucía y sus siete hermanas, hacían el planing del día: Por la mañana acudirían a la escuela. Algo imprescindible si querían dejar de ser granjeros y convertirse en Funcionarios del Estado, tener un sueldo fijo y vivir en la ciudad, donde podrían ir al teatro, al cine, a conciertos y otros espectáculos, que en una granja ni por asomo se pueden ver.
 Por la tarde ayudarían a Lucía, que era la que llevaba todo el peso de la granja. Para que ellas pudieran convertirse en siete mujeres de provecho: Ordeñarían las vacas, trabajarían en el huerto recolectando las zanahorias y las patatas y  cada una se lavaría  su ropa en el panero.
 ─Nada de juegos. Ya echaremos un parchís por la noche en la mesa de la cocina al calor de la chimenea ─dijo Lucía─.
Pero una mañana mientras ella fregaba el porche y tenía  al fuego unos garbanzos, llegó a caballo una mujer de larga melena negra, con una verruga en la nariz y un vestido oscuro.
 Que ofreciéndole una manzana le dijo a Lucía, que estaba asustada:
─ Muérdela que se te pondrán los dientes fuertes y te dará alas como el rebull.
Lucía, que siempre había sido una chica muy ingenua, se lo creyó y se la comió entera.
 Por la tarde cuando llegaron cantando  sus siete hermanas de la escuela
Ay ho!!Ay ho!! Ay ho, ay ho, al campo a trabajar…
Se extrañaron un poco de que su hermana la mayor no saliera a abrazarlas y además les dio un tufillo a quemado.
─Hermana, hermanita ya estamos aquí dispuestos a trabajar ─dijeron a coro entrando en la casa─
 Se la encontraron tumbada en su cama. Parecía como dormida. La rodearon y todas empezaron a darle besos en la frente, a tocarle la mano y hasta la zarandearon, pero Lucía no despertaba.
 Entonces  las dos más mayores, que iban para enfermeras, dijeron:
─ Le late el pulso está dormida
Y le prepararon un café con sal bien cargado .Entre las dos la incorporaron y con un biberón le hicieron tomarse el brebaje,
 Lucía vomitó hasta la primera papilla y les contó lo que había pasado.
La mujer del caballo apareció al día siguiente a la misma hora. Pero esta vez, cuando la vio, Lucía se armó de valor y sacó a todos los animales de la granja a recibirla. El caballo de la malvada se espantó, alzándose sobre sus dos patas traseras. Eso hizo que la mujer de negro cayera al suelo y se golpeara la cabeza. De su mano rodó una manzana reluciente. Una manzana que esta vez nadie se comería.

Maribel Fernández Cabañas





Mil novecientos noventa y cinco


 El apartamento estaba lleno a rebosar en la avenida principal que daba a la playa más céntrica .Mi tíos, los de la capital, habían alquilado un apartamento grande, por un mes. Y  nos iban invitando a los sobrinos del pueblo por turnos y a las dos titas solteronas del pueblo, divertidas y modernas.

En la semana que estuve yo. Mi tita Alicia me llevaba a la playa al amanecer, paseábamos descalzas y corríamos por la arena en bañador. Nos encantaba ese momento mañanero en el que la arena fina aún no había sido pisada.

 Después de hacer un poco de ejercicio nos dábamos el chapuzón y salíamos del agua fresquitas. De ahí,  nos íbamos a comprar el pan para las tostadas del desayuno del resto de la familia
.
Mis primos de ciudad, eran malos para comer pero les gustaban las tostadas con paté la piara y el vaso de cola- cao. Uno de ellos, Fermín, era un desastre en todo y negado como  estudiante y  mi tía Eulalia no lo dejaba salir hasta que no hiciera los deberes.

No me acuerdo lo que cocinaban pero el caso es que mis tías se organizaban muy bien con la comida y siempre estaba a punto al mediodía, tampoco me acuerdo de quien hacia las camas y de quien lavaba la ropa, pero  todo estaba siempre dispuesto. De  lo que si me acuerdo es de cuánto se divertían mis tíos Ramón y Eulalia y mis titas con otra familia amiga, jugando a las cartas debajo de la sombrilla. Pasaban las horas muertas jugando  y untados de bronceador, mientras  reían y tomaban vinito con aceitunas y gambitas que compraban a los vendedores que se paseaban por la playa a todas horas.

 Daban las tres del mediodía en el reloj de la Catedral y nos íbamos a comer. Mi tío Ramón era el único que dormía siesta, mis titas se ponían a jugar al parchís en la enorme terraza y mi tía Eulalia, gordita y rubia, pasaba el rato ayudando a mi primo Fermín para que acabara los deberes y mientras tanto comían pipas de girasol. Yo  aprovechaba para coger  mi libro del verano” La barraca” de Blasco Ibáñez. Lo recuerdo  un poco triste pero tenía que hacer un trabajo para entregárselo  a la profesora de bachillerato.  Mi tío Ramón, como buen  aficionado a la lectura a veces  me felicitaba cuando me veía leer tan atenta, a pesar de la algarabía, que a ratos, se formaba en el apartamento.

A Mis tíos Ramón y Eulalia cuando estaban solos en su habitación se les oía hablar alto y  discutir acerca del comportamiento de mi primo Fermín,  el que se negaba a hacer los deberes, poniendo excusas que me duele la cabeza, que me duele la mano y sin permiso de ellos se iba y se juntaba con malas compañías y llegaba por la noche cuando todos estábamos ya acabando la cena, unas veces con un brazo roto, otras  con el pantalón hecho girones y alguna vez eran las tantas de la noche y no había vuelto. Nos mandaban a mí y a mi primo mayor a buscarlo. Nosotros recorríamos los alrededores y rara vez lo encontramos.

 Luego llegaba a casa y les contaba una larga historia a sus padres que nosotros oíamos, sabiendo que estaba mintiendo.

Mi tío Ramón se ponía rojo como un tomate y le gritaba a Fermín:

─Así no vas a llegar a ninguna parte, harto me tienes zoquete ¡Interno te voy a mandar!
Dicho esto, encendía un puro y se quedaba un rato hablando solo en la terraza” habrá que ver el niño este, Dios mío dame paciencia”

Y mi tía Eulalia, sin alterarse, le decía:

 ─ Anda hijo acuéstate sin cenar y no hagas enfadar a tu padre
Y nada más, cuando nosotros ya en la cama y escuchándolo todo,  esperábamos un buen pescozón o zapatillazo y verlo llorar.


Maribel Fernández Cabañas




En Puerto Naos


Me gusta despertarme a las seis de la mañana, cuando el día no ha sido tocado por nadie. A esas horas no hay ni ruidos de coche ni de ninguna otra cosa. El mundo está mudo. Y oscuro.
Aunque mientras desayuno─ un trocito de queso y luego un café─, los primeros fulgores del amanecer empiezan a deshilachar el manto de la oscuridad. Enseguida el cuerpo me pide pasear, ir a ver el mar, caminar a buen ritmo por el paseo marítimo, que se muestra solidario, virgen. Ojalá fuera así todo el rato. Es lo que le pega a esta isla tan bonita y ecologista.

La arena de la playa es negra volcánica y contrasta con el blanco del romper de las olas. El sol tarda mucho en salir: De la total oscuridad se pasa un cielo limpio gris- celeste y en cuanto el celeste empieza a dominar sobre el gris, bajo corriendo a dar mi paseo.  A esas horas algunos turistas alemanes ya se me han adelantado y emergen de entre las olas de su primer baño en las frías aguas atlánticas, que yo aún no he probado.

Ya conozco a los paseantes de las ocho de la mañana, son tres hombres que van y vienen varias veces por el corto paseo marítimo y llevan un perrito negro con la correa y van conversando
.
Otra cosa que me llena por completo es poder estar un rato con algunos de mis hermanos hoy he podido disfrutar de un poco de tertulia con mi hermano Jorge y su mujer y luego se ha agregado mi querida hermana Mar, guapa y alegre.

En cuanto a comidas, hay un queso fresco palmero que siempre que vengo aquí es mi delicia. Lo tomo como quien  toma un manjar, me como un cuarto de queso de un bocado.

Al mediodía mi marido y yo nos quedamos cada uno con sus cosas, él con su ordenador y yo con mi siesta, para luego por la tarde seguir con nuestros paseos y tertulias familiares.

 Las puestas de sol son tardías y tienen un anaranjado especial en contraste con la arena negra y el verde oscuro de las palmeras.

 A esas horas es cuando las terrazas se llenas de vecinos que disfrutan de buenas papas arrugás con mojo picón y carne o pescado para cenar.


Maribel Fernández Cabañas



Maribel Fernández Cabañas

Trayecto en tren

Trayecto en tren
Era una tarde calurosa de domingo llevaba tiempo pensando en coger el tren ya que últimamente todo eran trayectos en coche por la ciudad .

 Esta vez quería ir sola con mi tarjeta de metro- bus- Renfe disfrutar de un asiento en un tren y empaparme de todo.

 Con mi mochilita a la espalda me subí al tranvía, poca gente, eran las cinco de la tarde de un domingo, casi no había gente en el tranvía. Me apeé en la estación de Renfe más cercana, la de San Adrián del Besos y ahí un grupo de gitanos se colaron sin pagar.

Yo iba a coger el tren de la costa, me dejaron asombrada. Tanta cara dura no veía a menudo por mis trayectos en ciudad. Iban con el cochecito del niño, los bártulos de la playa (nevera, radio casete, sombrilla) y cruzaron por el paso subterráneo a la otra vía. Hablaban a voces, con lo cual me enteré que iban en dirección contraria a la mía: Yo hacía Badalona, ellos a Hospitalet de Llobregat

En mi anden, había una chica de unos veinticinco años con cara amable y sentada correctamente, le pregunté si esta era la vía para Badalona me dijo que sí y que me bajara en la primera parada. Desde el tren pude ir viendo, pero con otros ojos, sitios a donde había ido en coche con mi marido como el supermercado alcampo o el puente del petróleo o la fábrica de anís el mono. Me sentí segura ante lo conocido.

Tenía la sensación de ser más joven que otras veces. Viajando sola y dejando a la familia en casa. Joven y atenta a todo.

Al bajar del tren saqué mi pequeña cámara de fotos y ahí estaba la fachada típica y restaurada de una estación de trenes de pueblo que era lo que yo iba buscando: Ir a un pueblo, salir de la rutina de la ciudad.

Lo demás fue ir paseando por las calles del centro del pueblo con sus casas con hierbajos en los tejados que me resultaban familiares de cuando se corrían los tejados en mi pueblo. Niños esperando con sus padres en la plaza del ayuntamiento, para disfrutar de una función de teatro al aire libre.
Señoras mayores bien arregladas y tomado el fresco en la calle mayor llena de escaparates y de heladerías. Algunos escaparates mostraban trajes de comunión, otras sandalias de cara al verano, que ya tenemos aquí mismo.
Todo me pareció más a la medida de una persona que no la aglomeración de la gran ciudad.

Volví a casa con el tren lleno de gente que traían las rojeces del sol en su piel y otros la gorra llena de monedas de andar todo el día de pedigüeños y que según iban contabilizando, comentaban en el asiento frente al mío, se las iban a gastar en bebida.


 Y es que de todo tiene que haber en la viña del señor.


Maribel Fernández Cabañas




Un paseo


Que bien me sentó salir de casa. Paseé entre una masa de turistas y autóctonos por las calles abarrotadas, unos llevaban el plano en papel y preguntaban por un punto de la ciudad al que querían llegar, hablaban en inglés, ruso, francés...

Otros con el GPS del móvil iban andando y viendo en la pantalla el Maps Google en el que se veía la imagen virtual del plano de las calles. Algunos parecían conocerse bien la ruta, iban con la botella de whisky a los sitios de marcha del Paseo Marítimo y del Puerto.

Por mi parte lo que buscaba era arquitectura, sabía que cerca estaba el edificio de Correos, también la Basílica de Santa María del Mar y la estación de Francia.

Seguí andando y me adentré por unas estrechas calles ya conocidas.

  Que alegría me dio  comprobar que una desembocaba en la Catedral del Mar, entré y disfruté de todo su esplendor:

 Columnas alrededor de la nave larga y espaciosa, llena de bancos para sentarse a rezar. Silencio. Un oasis de gente ordenada, formal y silenciosa. Un párroco dando misa. El olor a incienso. La cera de las ofrendas y peticiones a los santos. Una mujer joven con  cara amable y sonrisa amistosa me ofreció su mano dándome la paz. Yo se la pasé a los del banco de delante y a los de atrás.

Para terminar, una voz angelical cantaba el  Ave María de Schubert:

                               Ave María
                            Gratia plena
                            María, gratia plena
                            María, gratia plena


Maribel Fernández Cabañas