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Contemplando.

Contemplando.

Una estatua blanca y desnuda que flota de pie en el agua, un barco como la Santa María de Colón, con bodega, camarotes y tres mástiles que sostienen sus replegadas velas sin viento.

El nuevo edificio World Trade Center, con sus oficinas y salas de congresos cerradas.Y lo mejor la paz que reina en un domingo nublado aquí, a diez minutos del centro de Barcelona.

 Silencio de coches, sólo el vuelo de alguna gaviota o el pisar suave de algún deportista o de turistas, que bajan de los cruceros o simplemente gente madrugadora como yo.
 Disfrutar de estos lugares cuando están tranquilos es una buena forma de comenzar el día, que amanece nublado, en estos días de finales de verano.


Maribel Fernández Cabañas.


Un baño matutino.

Un baño matutino.

Desde el paseo marítimo voy viendo la playa con su panorama, me he propuesto bañarme al lado de casa pero sin conocidos y por eso he escogido un lunes de finales de julio a las nueve de la mañana.
 Las hamacas vacías, ingenuamente pienso:¡ Que bien no hay gente!, así no me verán los vellos de las piernas, podré nadar sin que ninguna pelota me de en la cabeza y sin tener que esquivar a niños con sus flotadores. Nadar de un extremo a otro casi rozando la orilla y hacer natación, como si estuviera en una calle de la piscina privada.

Voy bajando la rampa que llega a las duchas de minusválidos, el chiringuito está vacío, en la ducha sólo hay un abuelo muy moreno, que debe de ir hasta en invierno. Me acerco a las hamacas que están rozando el chiringuito y apartadas de la orilla del mar…empiezo a ver sombrillas y bañistas: ¡Uy esto no es lo que yo mee esperaba, aquí se me han adelantado!.
 Voy a poner mi toalla y  caminando sin chanclas por entre gente de mi edad, que apesta a bronceador, en contraste con mi piel blanca del primer baño al sol.
 Decepcionada me digo a mi misma:¡ Bueno yo he venido a nadar! y  me meto en el agua con niños chapoteando, abuelas formando un corro y de cháchara… voy saltando obstáculos y sigo nadando hasta que veo que es imposible con tanta gente.
Pero cuando voy a salir del agua, oigo que me llaman:
─!!Raquel!!
─ ¡Hola Raquel no te hemos visto estos días!¿ Dónde te metes?
─ Tengo mucho trabajo, ya nos veremos, les respondo y me despido liándome bien en la toalla.
Eran mis vecinos del cuarto.


Maribel Fernández Cabañas.


Sin vecinos.

Sin vecinos.

Son las diez de la mañana, hace fresco, que se agradece en este mes de verano.
 La calle de esta gran ciudad está silenciosa, no hay ruidos de coches.

 Desde mi terraza veo el parque y las viviendas que lo rodean formando una manzana. Veo la terraza de los López, se que están de vacaciones en el pueblo.
También están bajadas las persianas de los Torralba que van y vienen a un apartamento que tienen en el pirineo. Lo mismo me pasa con la de los Martínez, que se que este mes de agosto se han ido a casa de unos familiares de Galicia.

 Pero del resto de los vecinos no se nada, ni me importa ya que sólo los conozco de vista.
 Lo que si se es que me dejan todo el parque a mi para pasear a mi perra, pues sus perros tampoco están. Y se que se han llevado a sus alborotados niños, que antes jugaban a gritos y que ahora se ha instalado el silencio sin ellos.

 Puedo concentrarme leyendo y escribiendo en mi terraza, como si yo estuviera también de vacaciones en una zona residencial de Cuenca, se me antoja, ya que con la imaginación se puede una sentir  como en cualquier parte. Aunque sólo sea por unos días.

Maribel Fernández Cabañas.






El agua del mar.

El agua del mar.

Que sensación mas agradable: me he sentido joven con mi marido en bañador y en una toalla y en la arena de una playa limpia y con gente tranquilita y tomando un te frio en un vaso termo.

Corría una tarde calurosa del mes de agosto, estábamos en un piso de ciudad sin mucho dinero para viajar y con un hijo adolescente que a lo que aspira es a poder viajar a Inglaterra y mientras va ahorrando pasa el verano con sus abuelos en el pueblo.

Si mi marido y yo solos en casa y trabajando a media jornada. ¿ Porque no aprovechar la tarde para ir a un pueblecito de la costa  si total lo único que gastaremos será gasolina?.

Que sensación mas agradable la del agua del mar tibía, ni siquiera puedo decir fresca, y la de luchar contracorriente para poder salir del mar y tumbarme con el cuerpo mojado en una toalla y contemplar la Bahia de Rosas.

 Se me olvidó todo el agobio que tenía en la librería,por la poca venta, y por un momento volví  en el recuerdo, con mi marido, a aquellos años jóvenes en los que nos metíamos en el agua fría de las playas de Tarifa e intentábamos mantener el equlibrio en la tabla de surfing.


Maribel Fernández Cabañas.


Antes de cocinar.

Antes de cocinar.

Ir el día anterior a por todos los ingredientes a la frutería y a la carnicería, al  atardecer de un día caluroso de verano. Ir pensando por el camino en los buenos tomates maduros que voy a comprar y en la buena salsa de tomate casero que voy a hacer. Cruzar unas palabras con los pocos vecinos que aún quedan en este barrio, porque la mayoría están de vacaciones.
Algunos me cuentan que sus hijos o hijas ya han vuelto de campamento, yo que mi hijo también. Otros que a su perrito lo han tenido que llevar al veterinario por unas diarreas. Otra vecina viuda me dice que me ha traído unas postales de su viaje a Croacia y que le ha gustado mucho, postales que me van trayendo los conocidos para mi colección.
Y cuando llego a la carnicería están cerrando y decido irme al centro comercial que cierran a las diez de la noche.
Allí compro la carne, los tomates y las cebollas. No son tan maduros ni tan frescos y la carne es menos gustosa, pero primer paso hecho.
 Por fin  llego a casa mi marido y mi hijo, que se están comiendo una pizza, se extrañan cuando me ven con el carrito de la compra:
─¿ A estas horas vienes de comprar?
 ─ ¡Que aproveche!, les digo y me siento a cenar con ellos que están hablando de fútbol, tema que no me interesa y les confirmo:¡ Mañana para comer haré carne en salsa de tomate !
─¡Bravo e invitaremos a la abuela!, dijo mi hijo.
─¡Y yo freiré unas patatas! Finalizó mi marido.



Maribel Fernández Cabañas.



De nuevo en casa.

 De nuevo en casa.

La puesta de sol ,el termómetro marca 29 ºC, salgo de casa y me voy a la playa con una revista del Pais semanal: ¡ cuánto ha cambiado la playa desde el invierno y la primavera! , me sorprendo.
En la arena hay dos grupos con redes de voley y son de varias nacionalidades: unos sudamericanos de piel oscura en contraste con otros británicos, de piel como la leche. Son jóvenes y me llama la atención una chica que tiene el tipo atlético, junto a otra que los michelines se le ven por todos sitios y su bikini no se los sostiene.
 Mientras tanto miro a ver si hay algún conocido y lo comparo con otra playa que ahora tengo en mente que es una playa no de ciudad, como esta, sino de pueblo y no del Mediterráneo si no del Atlántico y no cosmopolita, sino sólo de lugareños todos conocidos que cuidan mucho su aspecto físico y su vestimenta.
Vuelvo de la playa y el peluquero de 24h sigue abierto. Le pregunto si tiene alguna hora para mañana y que si en agosto abre…Me responde a todo que si y pienso: este hombre es incansable, creo que hasta le debe de gustar ser peluquero.
 Miro por el barrio a ver si veo caras conocidas y me encuentro con la pequeña Abril que me llama desde su terraza donde cena con sus padres y hermanos y pienso ¡ bendita espontaneidad de la infancia y que alegría y cariño me da esta niña!.


Maribel Fernández Cabañas.


Viaje a Aridane.

Viaje a Aridane.

La temperatura suave,las calles tranquilas, la gente sin prisas y bien vestidas, las casas bajas que dejan vislumbrar los tejados con sus respectivas antenas de televisión. Las calles peatonales, con árboles y boutiques de ropa y calzado caro, las terrazas de las cafeterías a la sombra de laureles centenarios, los abuelos sentados viendo a los jóvenes pasar. Los turistas ,de piel blanca enrojecida por el sol, tomando un zumo de papaya o mango, los lugareños tomando una cerveza de la marca dorada y unas “papas arrugas” con mojo picón.
 Mientras recorro el centro, me voy encontrando con la familia que tengo en este pueblo, sin ni siquiera haber concertado una cita. Me encuentro con una de mis hermanas que trabaja de dependienta en la pastelería alemana y me invita a un café y a tarta de chocolate y cuando voy a pagar no me quiere cobrar dice que estoy en su casa.
Luego me suena el móvil y es mi hermano Esteban que me propone hacer una excursión el domingo a andar por los senderos de la ruta de los volcanes, acepto y le digo que en su casa estaré el domingo a primera hora de la mañana.
Y son ya las seis de la tarde y la temperatura no pasa de veinticinco grados y eso que es verano.


Maribel Fernández Cabañas.