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DESPERTAR



Me gusta levantarme temprano y pasear por el ancho paseo lleno de jardines donde mi perro grande olfatea la hierba y viene a mi lado cuando lo llamo.Los sábados y los domingos son los mejores días. No hay ruido de coches ni atascos, con sus correspondientes pitidos de claxon, sólo gente como yo que va placenteramente moviendo las piernas en bici o andando.  El aire de la ciudad a estas horas es limpio y fresco, aún no calienta el sol y en los árboles de oye el canto de los pajarillos.

Maribel Fernández Cabañas


AMIGAS QUE DEJAN HUELLA



Las dos horas que estuve con mis amigas Leticia y Berta me dejaron huella para recordarlas durante días, la expresividad de Berta y la delicadeza de Leticia. Berta es como un remolino de energía y espontaneidad. Leticia reposada, dulce y cariñosa.
Estuvimos ocupadas con tres de mis nuevos relatos y con el discurso que ha hecho Leticia para hacer una lectura en voz alta de los mismos.
Leticia, con su buen saber darse a los demás e inmejorable como escritora lo dejó bordado, Berta como buena alumna de teatro lo entonó y las tres pasamos un buen rato.
Maribel Fernández Cabañas


ALIVIADA



Ya pasó el sol deslumbrante de las cuatro de la tarde.
Ahora fresquita en casa, con el suelo recién fregado y el suave olor a limón.
 Y la luz del atardecer entrando por la cristalera del salón en silencio.
 Me siento aliviada del trajín del día.

MaribelFC













BUENOS DÍAS



 Me he levantado de madrugada cuando se han acostado los búhos ( mi marido y mi hijo). Y en cuanto he visto la casa tan desaliñada, me he puesto a embellecerla, para sentirme a gusto.
 Es domingo, da gusto estar en la terraza. Hace  quince grados y moviéndome con la escoba y la fregona tengo calor.
Aún no ha amanecido y en cuanto se apaguen las farolas y se abran las primeras luces del amanecer saldré a la playa, con mi pastor alemán, a pasear por la orilla oyendo el romper de las olas, y el paso ligero de algunos deportistas.
Luego, más tarde, abrirán la panadería de mi barrio, el quiosco de prensa y la cafetería y empezarán a levantarse los vecinos, hasta la eclosión del medio día. Es  entonces cuando el paseo marítimo parece un hormiguero de gente venida de distintos sitios de la ciudad y vuelvo a casa para comer entre familia  en el mesón ‘El abuelo”, en el tranquilo barrio  de unos amigos.

Maribel Fernández Cabañas



Añoranzas


Atrás quedó el tomarme un pastelito en la cafetería de mi amiga Viki y montarme en el tren.
 Llegar a  Tarifa con mis amigos los de Cádiz y dar un paseo por la playa hasta el alto faro blanco, donde una ola de espuma blanca me acaricia la cara y hago un ademán con la cabeza para escabullirla.


ME VOY A DORMIR



 El sábado me puse  bien guapa para pasear por las calles del barrio de al lado al atardecer ya que los alumnos de las escuelas de arquitectura las habían iluminado para darle más vida y belleza.
Había quedado en la salida del metro  con mi amiga María, a la cual le gusta mucho fijarse en cómo vas vestida y el peinado que llevas. Nos vemos de tarde en tarde, ella suele ser la que elige a  donde vamos y a qué hora.
 Disfruté mucho con las cosas de mi amiga María: En la puerta de la cafetería donde paramos, había un indigente vendiendo pañuelos de papel, nos abordó para que le diéramos dinero, el” no” que le dimos no le sirvió e insistía. María, muy vivaracha, le dijo: ─ Si quieres te compro un bocadillo, dinero no te doy.
El indigente que iba el pobre mal aseado y con los ojillos lagañosos y barba medio abandonada le dijo que sí, pero insistía en darle pañuelos. El hombre seguía haciendo su trabajo. Entramos los tres en la cafetería él delante ya que mi amiga, que era la que había tomado el mando de la situación, lo hizo pasar como su invitado. Las mesas de mármol estaban ocupadas en su mayoría por señoras bien arregladas que conversaban alegre y educadamente.
─ ¡Dele a este señor un bocadillo y si quiere un café con leche calentito póngaselo!, dijo mi amiga al camarero de la barra que miraba con cara de pocos amigos.
─¡¡Cocina un bocadillo de jamón para llevar!!
─ Para llevar no, se lo va a tomar  aquí en esta mesa -dijo mi amiga rotunda
Y el camarero ante la autoridad de  María, no pudo más que obedecer a su clienta.
─Te sientas en esta mesa y sin prisas meriendas pero nada de vender pañuelos aquí, ¿entendidos?- le dijo mi amiga al vagabundo.
Él asentía a todo  con un movimiento de  cabeza y se fue con el bocadillo y el café con leche a su mesa.
Mi amiga me contaba que esto lo había hecho otras veces ─Estás haciendo una obra de caridad, le dije.
No pasaron ni diez minutos que el hombre dejó el bocadillo a medias y se levantó de la mesa y se puso a pasar mesa por mesa vendiendo pañuelos .Su oficio lo primero. Enseguida se levantó y mi amiga María que no le quitaba la vista de encima   lo mando sentar y le repitió─ ¡Te he dicho que aquí no se vende, se vende en la calle! ─ ¡Come, acábate  el bocadillo y  el café!
Mi amiga tiene ese carácter le gustan las cosas bien hechas y como su invitado que era tenía que portarse bien.
El hombre cuando acabó de comer se acercó de nuevo a nuestra mesa con una sonrisa agradecida y los paquetes de pañuelos en la mano. Te los doy todos y no me des dinero. Guárdatelos para venderlos mañana.
─ Hoy no estoy bien tengo gripe- dijo él
─ ¿Y te has tomado algo?
─Si un   paracetamol que me han dado en una tienda
─ ¡Ale pues a dormir! y no me tienes que dar las gracias.
─Vale me voy a dormir
Y así se despidieron María y él
 Nosotras estuvimos otro ratito conversando y al cabo de media hora salimos de la cafetería al concurrido barrio.
Pero cuando fui a entrar por la boca de metro oí una voz que me resultó familiar ¡Cómpreme pañuelos! Le eché tres euros en el vaso y me dió los seis paquetes que le quedaban, sonrió enseñando sus dientes negruzcos y dijo:
─ Me voy a dormir que hoy tengo gripe.

Maribel Fernández Cabañas


MARI CARMEN



 Nicaragua era una calle de chalets a las afuera de una ciudad de provincia.
Mercedes, la directora de la pequeña y familiar residencia en el número 5 de la calle Nicaragua había recibido ya varias llamadas anónimas” esta noche… mari Carmen… Maricarmen… Aaaa ( jadeos sexuales emitidos por un hombre)” Mercedes  había ocultado, este hecho para que no cundiera el pánico entre las estudiantes.
 Varias de ellas  dormían en la planta baja y se quedaban por la noche estudiando. Se rumoreaba, entre las estudiantes, que oían pasos alrededor del chalet pasos fuertes y seguros y no se atrevían a salir a la calle a mirar, a esas horas de la noche.
 Pero lo más alarmante era que cuando ya estaban en sus habitaciones con ventanas con rejas y en  literas durmiendo oían por la ventana” ahora Maricarmen….ahora Maricarmen  y jadeos sexuales” una de ellas que se llamaba así no quería dormir sola en su cama y su mejor amiga se acostaba con ella para tranquilizarla.
Las jóvenes después de un mes en el que la presencia del acosador no cesaba fueron al despacho de la directora esta les dijo que siguieran así ignorándolo que ya se cansaría y que estuvieran tranquilas que ella iba a poner una alarma conectada con la policía.
El mes siguiente todo se repitió y la directora seguía sin hacer nada. Al cabo de unos días  Maricarmen y su amiga desaparecieron de la residencia universitaria.
 Fue entonces cuando la directora reaccionó y lo puso inmediatamente en conocimiento de la policía
Las jóvenes cuando se reunían a estudiar por las noches en la sala grande de la planta baja con las mesas camilla y las estufas catalíticas de butano encendidas estaban intranquilas, alertas.
 Un día, en medio del silencio nocturno, se oyeron los gritos de Marian ¡que viene, que viene! ¡socorro que viene por el pasillo! ¡oigo sus pasos, está cerca!.
 Todas dejaron los libros y se fueron al pasillo a donde daba la cocina y lo que se oía era el goteo del grifo de la ducha del cuarto de  la cocinera.
La directora dijo─  Esto parece psicosis, anda tomaros una tila e intentad dormir un poco que mañana tenéis clases y  me pasaré por la comisaría a ver qué han averiguado.
 Habían cogido al acosador merodeando por los alrededores del chalet. En su declaración dijo que era vecino del número cincuenta y que le daba igual una chica que otra que el no conocía los nombres de ninguna. Que él lo que deseaba fervientemente era una mujer joven para casarse. Le daría todas las comodidades y mucho amor.
 Lo condenaron a seis meses de cárcel con libertad condicional y una orden de alejamiento de la residencia universitaria.
La policía ya sabía también el paradero de Mari Carmen y su amiga. Estaban compartiendo piso con otras estudiantes de medicina. Y se fueron no sólo por miedo sino por la actitud pasiva de la directora.
Maribel Fernández Cabañas